Viernes, 02 Diciembre 2022

Recuperar la confianza política. ¿La zorra o el cuervo?

Publicado el Domingo, 09 Octubre 2022 20:34 Escrito por Iván Ojeda

“En la fábula, la Zorra ve que arriba de un árbol –inalcanzable para ella- se halla un Cuervo con un apetitoso pedazo de queso en el pico. Pensando en conseguirlo, la Zorra comienza a adular al Cuervo y hasta le dice que sería hermoso escuchar su graznido. El Cuervo, inflado de vanidad, lanza el graznido y el queso cae de su pico, para provecho de la Zorra. Después, ella se burla, tratándolo de tonto. Pero el Cuervo, luego de pensar, le contesta que la tonta ha sido ella, porque ha perdido la confianza de los demás... ¡para siempre!”.

¿Hemos perdido la confianza en la Política ó en los Políticos? Los malos ejemplos, la polarización, la creciente fragmentación de las representaciones partidarias, la grieta, el escarnecimiento y odios mutuos, la violencia inclusive, son consecuencias de la inestabilidad social y desequilibrio emocional por la carencia de un Gobierno y de un Estado que tendrían que ser promotores y garantes de la equidad económica y la articulación social.

Esto sucede, en primer lugar, por la falta de control a sabiendas del Estado sobre el Mercado -de la producción, comercialización, de las finanzas y las comunicaciones- y en segundo lugar, porque no existe desde la Política la concepción de su función articuladora para un País autosustentable, y por ende soberano.

El economista Bernardo Kliksberg en “Más ética, más desarrollo” (2008), sostiene que vivimos –y no sólo en argentina- una escisión entre la Ética y la Economía; preguntándose por qué no pensar en una Economía orientada por la Ética. Por su parte, el politólogo José Graglia en “La Democracia Ganada” (2020), afirma que estamos ante una crisis ética, que es una crisis de la verdad, de la política, de la libertad, de la justicia y de la solidaridad. Unas, consecuencia de las otras.

Sin embargo, sin caer en el academicismo que suele pensar la realidad sólo desde la especulación intelectual, y no desde lo que vive, siente y sufre la gente –porque no se sale, no se pregunta, no se comparte con la población-, creemos que las Formaciones Sociales de la sociedad, tales como la Economía, la Política, el Estado y las Comunicaciones, se han autonomizado por completo de esta sociedad que les ha dado origen, desarticulándola, e incidiendo arbitrariamente sobre ella según sus intereses.

Esto lleva a que vivamos permanentemente en la zozobra de la inflación, la inseguridad, la anomia, la incredulidad política y la desesperanza. No existe una Política ni un Gobierno que articule esas Formaciones Sociales en un Derecho de Estado Autosustentable, económica y políticamente –que todavía no existe-, y que garantice de modo permanente la convivencia justa y saludable que todos necesitamos.

Si nos remontamos a la búsqueda de las causas últimas de la crisis, indudablemente que nos deslizamos a la debilidad de la condición humana; profundamente atravesada por el egoísmo y el placer, el miedo a la muerte y al vacío existencial, sentimientos que, no obstante, también conviven con el altruismo, la solidaridad, el amor y el instinto de supervivencia. Pero lamentablemente, el lado obscuro del corazón de la especie, nos ha enceguecido la conciencia con las tentaciones del libre mercado y su libertad absoluta, el materialismo, el individualismo, la alienación ideológica y hedonista de las comunicaciones, verdadero alimento de injusticia y desigualdad.

Esto nos grita de que no podemos recuperar la confianza social y su expresión comunitaria en tanto confianza política, sin la firme voluntad de que es posible recomponer los lazos de la articulación social a partir de volver a integrar a esas Formaciones Sociales al seno de la sociedad a la cual pertenecen, y cuyo deber es el servicio, pero sometidas a un férreo control cultural de la Comunidad y reguladas por el Derecho.

No podemos pedirle ética a la Economía si la Sociedad a la que pertenece no la exige desde la Política; y de una Política articuladora con base en la deliberación, decisión y acción directa de la población, con canales institucionales adecuados que ella misma establezca. Tampoco basta con indicar consecuencias de la crisis nombrando a la ética sin atacar de raíz las causas básicas estrechamente ligadas a la supervivencia: trabajo, comida, vestimenta, vivienda, seguridad, salud, educación y medio ambiente apropiado.

Asistimos a la presencia de una Argentina que aún no logra constituirse como Nación sólidamente establecida (donde priman la desigualdad, las antinomias, el conservadurismo, la partidocracia, el legalismo, los relatos superados, la dependencia cultural, política y económica del extranjero, la libertad absoluta de los instintos típico de las guerras y de la fragmentación social, una Argentina de la mentira y la injusticia); y por otro lado, percibimos la obstinada esperanza de una Argentina que requiere ser refundada como Nación social y solidariamente Justa con sus habitantes e Integrada necesariamente a Latinoamérica (y donde el protagonismo de la población sea el que establezca definitivamente la Política como articuladora de las Formaciones Sociales y las gobierne, para un Estado Autosustentable de todos y para todos, o sea, una Argentina de la verdad y la justicia).

Es necesario un proceso superador que se inicie desde la Democracia Representativa -ya anacrónica, porque permite los vicios de la Burocracia Política y la Partidocracia- hacia la Democracia Directa y participativa, pluralista y pública, desde la espontánea organización popular de las bases hacia una Asamblea Constituyente ídem, que nos posibilite la construcción de esa Democracia como aseguradora de los derechos, libertades y el bienestar general, en el marco de un nuevo Derecho consagrado en la Constitución.

Si la Democracia no es popular, inclusiva, participativa, haciendo co-rresponsables a todos los ciudadanos de la auditoría permanente de las deliberaciones y decisiones de sus gobernantes, que tienen el deber inexcusable de actuar sobre los sectores y factores causantes de la desigualdad y rendir cuentas de su accionar, entonces no habría manera de consolidar este sistema democrático de organización y gobierno, porque así como una Democracia que no sea popular no asegura el bienestar general, un Estado de Derecho que no garantice la equidad y el control por parte de la gente, tampoco.

No podemos los argentinos seguir viviendo en la cerrazón de la desesperanza, sobreviviendo por carecer de gobiernos que aseguren la estabilidad social y económica. Como tampoco continuar en la impotencia de no poder vivir en una Comunidad huérfana de Políticas Públicas para soñar y progresar, garantizadas por un Estado que no pueda ser alterado y abusado por la alternancia y vaivenes de gobiernos en continuas disputas, pretendiendo identificar proyectos de sector con proyectos de país –bajo los cuales ocultan pujas de intereses- soslayando la justa distribución del ingreso de la producción que pertenece y realizan todos los argentinos.

Recuperar la confianza política implica exigir la reformulación de la Política; su concepción, su práctica, y de las instituciones que de ella se deriven. Atreverse a visibilizar públicamente y a romper con las prácticas de la política burocrática y partidocrática, sujeta a intereses de los Grupos y Factores de Poder. La Democracia cuando es pública y participativa, es más lenta, pero segura y justa en sus deliberaciones y decisiones. Sería, en definitiva, el gobierno del Pueblo.

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