Viernes, 24 Septiembre 2021

¿Por qué Toleramos la Desigualdad?

Publicado el Jueves, 17 Junio 2021 18:13 Escrito por Zygmunt Bauman
"¿Es suficiente, sin embargo, cambiar la opinión de la gente para cambiar sus hábitos, y es suficiente cambiar los hábitos para cambiar la realidad y las duras circunstancias en las que vivimos? ". - Zygmunt Bauman
 
En su estudio sobre la desigualdad, sus manifestaciones y sus causas, Daniel Dorling pone énfasis en destacar que «la desigualdad social en los países ricos se mantiene debido a la persistencia de la creencia en los principios de la injusticia, y puede resultar chocante para la gente darse cuenta de que puede haber algo malo en gran parte de la estructura ideológica en la que vivimos».
Esos «principios de la injusticia» son premisas tácitas (implícitas) que subyacen y pretenden «dar sentido» a las convicciones expresadas en voz alta (de manera explícita), pero casi nunca se reflexiona sobre ellas ni se las pone en cuestión. Siempre son pensamientos íntimos, pero raramente son creencias articuladas con las que pensamos, pero en las que no pensamos cuando expresamos opiniones que no tienen, simple y llanamente, ninguna otra base más que ellas mismas. Tomemos, por ejemplo, como hace Dorling, la declaración que hizo en 1970 durante su visita a Estados Unidos Margaret Thatcher, que era conocida por saber obtener un rédito político de los prejuicios populares, que ella era especialmente hábil en detectar:

“Una de las razones por las que valoramos a los individuos no es porque sean todos iguales, sino porque son todos diferentes… Yo digo: dejemos que nuestros hijos crezcan y que algunos sean más altos que otros si tienen la posibilidad de serlo. Porque debemos construir una sociedad en la cual cada ciudadano pueda desarrollar plenamente su potencial, tanto para su propio beneficio como para el del conjunto de la comunidad”
Observen que la premisa crucial que hace que la declaración de Thatcher parezca casi una evidencia —la suposición de que cada ciudadano, al perseguir su propio beneficio, también beneficia a la «comunidad en su conjunto»— no se dice de forma claramente explícita y queda implícita. Como observa Dorling con sorna, Thatcher asumió que «la capacidad potencial debe ser tratada como la estatura» (es decir, algo más allá del poder de los humanos e imposible de manipular), a la vez que daba por sentado, de nuevo sin pruebas, de que cada individuo tiene distintas habilidades por naturaleza antes que capacidades distintas para desarrollar su potencial porque viven en condiciones sociales distintas. En otras palabras, Thatcher dio por hecho, como algo evidente, que nuestras distintas capacidades, al igual que nuestras distintas estaturas, están determinadas por el nacimiento, y con ello «normalizó» la idea de que los hombres tienen poco o ningún poder para cambiar ese veredicto del destino. Esta fue una de las razones por las que, a finales del siglo anterior, «la extraña idea de que, al actuar de forma egoísta, se beneficia a los demás se convirtió en algo aceptado ».

Este no es, sin embargo, el único «principio de injusticia» que en opinión de Dorling subyace a y sostiene la persistencia de la desigualdad. Él destaca otras convicciones tácitas o latentes que —aunque fallan siempre que son puestas a prueba, o que nunca han podido demostrarse— siguen influyendo en la percepción, las actitudes y las acciones populares. Entre estos «principios de injusticia» Dorling destaca la creencia en que 1) el elitismo es eficiente (porque el bien de muchos sólo puede ampliarse promoviendo capacidades que relativamente pocos, por definición, poseen); que 2) la exclusión es normal y necesaria para la buena salud de la sociedad, y que la codicia es buena para mejorar la vida; y que 3) la desesperación que resulta de todo ello es inevitable. Es esta colección de falsas creencias lo que hace que nuestra miseria colectiva, causada por nuestra voluntaria y casi irreflexiva y superficial sumisión a la desigualdad social, siga y se perpetúe:
“La gente decide su propia historia desde hace bastante tiempo, a pesar de que se lamenten repetidamente y se encuentren en una situación que no han elegido. Y las historias se elaboran de forma colectiva (hoy en día nos atiborramos colectivamente de compras y de culebrones). La paranoia del estatus se refuerza porque nuestra visión de los demás se forma a través de la televisión y de las páginas de internet. Ser codicioso se nos presenta colectivamente a través de la publicidad como un acicate para querer más.”
Resumiendo, muchos de nosotros la mayor parte de las veces abrazamos voluntariamente (incluso alegremente, y en otros casos a regañadientes, contra nuestra voluntad) lo que nos ofrecen y nos centramos en la tarea de sacar lo máximo de ello. ¿Es suficiente, sin embargo, cambiar la opinión de la gente para cambiar sus hábitos, y es suficiente cambiar los hábitos para cambiar la realidad y las duras circunstancias en las que vivimos?

Es cierto que, para bien o para mal, pertenecemos a la especie del Homo eligens: el animal que elige; y ninguna presión, aunque fuera coercitiva, cruel e irresistible, ha conseguido, ni probablemente conseguirá nunca, suprimir nuestra capacidad de elección y determinar nuestra conducta sin ambigüedades ni resistencias. No somos bolas de billar que se mueven por el tablero hacia donde las empuja el que maneja el taco. Estamos, por así decirlo, condenados a ser libres, y por mucho que deseemos librarnos de la desazón de hacer una elección, siempre tendremos que optar entre varias maneras de hacer las cosas. Existen dos factores muy autónomos que orientan nuestras decisiones, nuestra manera de vivir y nuestra trayectoria vital. El primero es el «destino», un tipo de circunstancia sobre la que no tenemos influencia alguna: las cosas «que nos pasan» de las que no somos responsables (como el lugar geográfico y la clase social en el que nacemos, o la época de nuestro nacimiento). El otro factor es nuestro carácter, nuestra manera de ser, sobre la que puede ejercerse cierta influencia, al menos en principio (para trabajarla, entrenarla o cultivarla). El «destino» determina el rango de nuestras opciones desde un punto de vista realista, pero en última instancia es nuestro carácter quien elige entre esas opciones.

Por supuesto, el rango de opciones «realistas» que plantea el «destino» difiere, a veces de manera importante, en su grado de realismo. Algunas opciones son, o al menos parecen, más fáciles de escoger y seguir que otras por ser o parecer más seguras, apuestas menos arriesgadas y/o elecciones más atractivas. Sus posibilidades de ser elegidas son por ello mayores que las de sus alternativas, frecuentemente elecciones poco populares (y por ello percibidas como desaconsejables), que pueden parecer necesitar un tiempo mayor y un esfuerzo mayor, o que precisan mayores sacrificios, o que pueden significar la condena pública y una pérdida de prestigio (como de hecho ocurre con frecuencia). Entre las opciones «realistas», las probabilidades de cada una de ser elegida se inscribe entonces en el ámbito del «destino»: al fin y al cabo, vivimos en un entorno social «estructurado», y lo «estructurado» consiste precisamente en la manipulación de las; probabilidades, así como en elaborar y reelaborar la asignación de recompensas y castigos de manera que las probabilidades de algunas elecciones sean mucho más altas; y las de otras mucho más bajas. «Realidad» es, pues, el nombre que damos a la resistencia externa frente a nuestros propios deseos… Cuanto más fuerte es la resistencia, más «real» se ve el obstáculo.

Cuanto más alto es el coste social de una elección, más baja es la probabilidad de que sea elegida. Y los costes de negarse a hacer aquello que nos empujan a hacer —al igual que las recompensas por sometemos a la hora de elegir—, se pagan en primer lugar con la valiosa moneda de la aceptación social, de la posición y del prestigio. En nuestra sociedad esos costes se plantean de una manera que hace que oponerse a la desigualdad y sus consecuencias (públicas o personales) sea muy difícil, y por ello también hacen menos probable esta elección frente a sus alternativas: una mansa y resignada sumisión o una colaboración voluntaria. Y el dado que nosotros, ciudadanos del capitalismo, en una sociedad individualizada de consumidores, debemos seguir tirando una y otra vez en todos o casi todos los aspectos de nuestra vida en muchos casos está echado a favor de aquellos que se benefician o esperan beneficiarse de la desigualdad…
 
Texto del sociólogo, filósofo y ensayista polaco-británico Zygmunt Bauman, publicado por primera vez en su libro "Does the Richness of the Few Benefit Us All?"
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