Sábado, 23 Junio 2018
Martes, 19 Junio 2018 17:37


En un principio, es indudable que la relación entre Perón y los militares era buena, sobre todo si entendemos que su llegada al gobierno y puntualmente a la Secretaría de Trabajo y Previsión social se da en el marco de un Golpe Militar. Al momento de enfrentar las elecciones, en el seno del Ejercito Perón contaba con un pequeño grupo que lo apoyaba, un grupo de antiperonistas, pero un importante sector que priorizaba la preservación de la moral de la fuerza, que esta debía permanecer ajena a las implicancias políticas. Una vez llegado a la presidencia, integrantes encumbrados del ejército argentino cercanos a Perón integraron algunos sectores claves relacionados con áreas importantes del desarrollo energético del país. El fortalecimiento de una industria armamentística nacional que la dotara de mejor armamento era un interés conjunto del Gobierno y las Fuerzas Armadas. Hacia fines de la década del ’40 la relación entre militares y Perón eran de respeto mutuo. En 1949, en una profunda crisis económica que atravesó el país, la relación comienza a mostrar grietas. Por un lado, enfrentamientos políticos y económicos entre el asesor económico presidencial Miranda y el ministro de Guerra Sosa Molina. La reforma constitucional del ‘49, que permitía entre otras cuestiones, la reelección de Perón, marcó a fuego el comienzo del deterioro de la relación Perón-Ejército. El posterior interés de sumar al proyecto peronista a distintas instituciones de carácter no político estaban direccionadas en el mismo sentido, lo que sumado al enfrentamiento y censura a los medios de comunicación opositores continuó tensando el trato.
Perón siempre manifestó la unidad de concepción entre los pensamientos justicialistas y los militares, en relación a la doctrina nacional. Pero ante la posibilidad de reelección de Perón, se comienza a pergeñar desde sectores opositores la posibilidad de que alguna manera no democrática pudiese terminar con otros seis años de gobierno peronista. Allí son determinantes los militares retirados, los intelectuales militares, los cargos superiores de las escuelas militares y navales de Buenos Aires. Un intento de golpe de estado, dirigido por el General Menéndez el 28 de agosto de 1951 y la posterior purga militar y la declaración del Estado de Guerra Interna lo demostraron. Luego de la elección que consagraría a Perón, se llevó a cabo un segundo levantamiento, encabezado por el Coronel José Suarez.

Jueves, 07 Junio 2018 18:50

Es inminente el anuncio de la entrega al Fondo Monetario Internacional. El gobierno amarillo lo festeja como si fuera un gol de Higuain. La primera imagen que se me vino a la cabeza es una metáfora que se utiliza con frecuencia cuando se enfrenta una situación de catástrofe y las víctimas hacen como que no pasa nada: la orquesta del Titanic que siguió tocando mientras el gran trasatlántico que había impactado con un gigantesco Iceberg, se iba irremediablemente a pique.

Indagué sobre si ese relato fue real o se construyó como un mito. Y encontré datos muy curiosos, con muchos más aspectos equiparables a la situación actual y un simbolismo que permite interpretar lo actual y lo porvenir en el transcurso de una película cuyo final ya conocemos. Nada más que porque la Argentina es como un cine continuado con una sola película que apenas llega al final, vuelve a comenzar; como un sino terrible que no nos abandona por frustrarnos el destino de grandeza que alguna vez nos dijeron que nos correspondía.

La historia de la Wallace Hartley Band, la orquesta que tocó en el Titanic mientras se hundía, se la debemos al relato que Mary Hilda Slater hizo a un diario de Massachusetts (EE.UU.) el viernes 19 de abril 1912; sólo 24 horas después de pisar tierra. Luego otros supervivientes confirmarían que los músicos tocaron hasta la muerte. La orquesta estaba compuesta por ocho músicos y tomaba su nombre del líder, Wallace Henry Hartley, un inglés de 33 años que al igual que los siete músicos restantes,  pereció en el desastre.

La White Star Line -la empresa propietaria del RMS Titanic- había contratado a los ocho músicos a través de la Black Talent Agency, una sociedad de Liverpool que acaparaba la animación musical de los barcos de distintas compañías gracias a sus bajos precios. Por lo tanto, la banda no cobraba sino a través de esta “colocadora de artistas”.

Jock Hume era el violinista de la orquesta. Un joven escocés de 21 años, amable que procedía de una familia de músicos. Por su participación musical cobraba 6 libras con 6 chelines al mes. De esa suma se descontaba el valor del uniforme -que era obligatorio para tocar- y de su mantenimiento.

“Ni Dios mismo podría hundir este barco”, se jactó uno de los 891 tripulantes del opulento buque que zarpó el 10 de abril de 1912 con 1336 pasajeros a bordo, entre ellos, la “flor y nata” de la sociedad angloamericana.

El mundo, al menos el mundo occidental, se encontraba en plena euforia de la “belle époque”. Aunque era “bella” para unos pocos afortunados y muy difícil para la mayoría de los mortales. La sociedad acomodada recogía las utilidades de la revolución industrial que combinaba el esplendor del imperialismo británico con un prepotente capitalismo que se abría paso en andas del liberalismo económico y el positivismo científico. Los avances en el campo de las ciencias y la tecnología inocularon en la sociedad de comienzos del siglo 20 un optimismo irrefrenable. El futuro no podría presentarse más halagüeño. Casi como si leyéramos Clarín o La Nación por estos días.

El buque era una de las maravillas de su época: con casi 270 metros de largo y 30 metros de ancho, en la cubierta del Titanic entraban tres canchas de fútbol. Desde la cubierta principal hasta la quilla, el Titanic medía 57 metros de alto y cada una de sus tres anclas pesaba 15 toneladas. El casco pesaba 46.000 toneladas y cada una de sus cuatro chimeneas medía 48 metros de altura y 7 metros de diámetro.

Pero el navío más grande del mundo era también el más lujoso: un “palacio flotante” cuyas salas, restoranes, salones, piscinas, baños turcos, gimnasios y jardines interiores rivalizaban con los mejores hoteles. Aunque ese lujo estaba reservado sólo para los millonarios y las celebridades que viajaban en primera clase y contrastaba con los sufridos inmigrantes hacinados en tercera clase. Un boleto en la primera clase del Titanic costaría hoy el equivalente a 100.000 dólares.

La White Star Line había previsto inicialmente colocar 64 botes (con capacidad para 60 pasajeros cada uno) para las 2.227 personas que irían a bordo, pero su presidente, Bruce Ismay, decidió reducirlos a sólo 16, más cuatro balsas inflables, para ganar espacio y no “contaminar” visualmente el panorama que se apreciaba desde la elegante cubierta del barco.

La noche del domingo 14 de abril se desató la tragedia. El choque con un iceberg a las 23.40 haría desaparecer al majestuoso buque que nadie volvería a ver hasta que el 1° de septiembre de 1985 la misión del oceanógrafo estadounidense Robert Ballard descubrió sus restos en las profundidades del lecho oceánico.

Para ganar prestigio se propusieron llegar a destino antes del tiempo fijado. Por la misma razón ignoraron las advertencias sobre la presencia de témpanos en la zona por la que navegaba. En la construcción del casco del barco se utilizaron materiales inapropiados. Por razones “estéticas” se redujo la cantidad de botes salvavidas. Estas causas, más una serie de errores e irresponsabilidades se unieron para desencadenar la tragedia que causó la muerte de 1.512 personas, en su mayoría inmigrantes que viajaban en tercera clase y tripulantes.

En el aspecto metafórico, el hundimiento del Titanic significó el fin de una época y con el tiempo llegaría a representar el momento en el que la humanidad perdió su inocencia y su sensación de seguridad. Terminaba el reinado de Eduardo VII en Inglaterra (1901-1910)–, y antes de la Primera Guerra Mundial, los hombres todavía creían que todo lo que vendría sería fabuloso.

Como señala con elocuencia Walter Lord en su libro Una Noche Para Recordar: “En 1912, las personas tenían confianza. Ahora nadie está seguro de nada, y cuanto más inseguros nos volvemos, más añoramos la época dichosa en que conocíamos todas las respuestas. El Titanic simboliza esa época o, lamentablemente, su final. Cuanto peor se ponen las cosas ahora, más pensamos en ese barco y en todo lo que se hundió con él”.

Cierro esta relación en la que me parece ver a un gobierno que festeja el “acuerdo” con el FMI como metáfora de la única travesía del Titanic, que se fue a pique mientras la orquesta tocaba como si no pasara nada. Los de primera clase se aseguraron los escasos botes disponibles; igual que en nuestra Argentina de hoy. Mientras que tripulantes y pasajeros de tercera se perdían en las heladas aguas del Atlántico Norte.

Por eso me permito pensar que el hundimiento del Titanic no sólo fue el naufragio de un barco sino una señal del comienzo del fin de una época y de un modo de entender las relaciones humanas. Aquel tiempo que terminaba dio paso a grandes convulsiones políticas y sociales que se saldarían durante más de la mitad del siglo XX con revoluciones y guerras, dos de ellas mundiales. Una época se acababa y su fin puede retratarse con una oscura anécdota de la que es involuntario protagonista el joven violinista de la Orquesta del Titanic.

El 30 de abril de 1912, a las dos semanas de morir Jock Hume (el violinista), su padre recibió una carta de la empresa de músicos. No era de pésame. La misiva decía: "Muy Sr. Nuestro. Estamos obligados a comunicarle que debe pagar la suma de 5 chelines que nos adeuda, tal como consta en la factura que adjuntamos, en concepto de gastos pendientes del uniforme de su hijo". Y adjuntaban la factura con la indicación de que era para completar el pago del uniforme sin mencionar que el músico, el barco y el uniforme se habían perdido en el océano.

 

Martes, 29 Mayo 2018 15:09

Lo que diferencia a las y los dirigentes políticos que trascienden no es su ideología o su idea de la organización política. Lo que las hace y los hace distintos es estar a la altura de las circunstancias históricas que atraviesa su país. Y hoy recorren en amplísimos sectores de nuestra sociedad al menos dos temores: una aparente desorientación por parte de la dirigencia oficialista y, al mismo tiempo, una sensación de que quienes conducen el campo opositor no están a la altura del momento que vive la Argentina.

Creemos que la presente coyuntura política, ciertamente novedosa, tiene su origen en dos elementos. En primer lugar, no ha surgido de las dos últimas elecciones un único liderazgo opositor, pero sí se han perfilado algunos con legítimas aspiraciones. En segundo lugar, la supuesta certeza que muchas y muchos analistas tenían acerca de que Mauricio Macri se encaminaba a su reelección en 2019 se ha agrietado fuertemente a la luz de la imposición de un modelo económico excluyente que no logra resolver los grandes desafíos económicos y sociales de la Argentina.

La imprudente desregulación económica y financiera, la entrega de porciones del Estado a la clase empresarial, el progresivo vaciamiento del sistema previsional y el deterioro del mercado de trabajo –con aumento de la informalidad laboral, caída de empleos industriales y desplome de trabajos de calidad- son los frutos que tarde o temprano esperábamos.

La crisis financiera de estos días y el "salvataje" del FMI no solo tienen el amargo sabor de una historia repetida, sino que además agudizan los problemas de quienes menos tienen, empeorando las consideraciones populares sobre la marcha y el destino del país.

Ante la falta de opciones con capacidad de vertebrarse como alternativa de gobierno aparece en la sociedad argentina una sensación de zozobra, y en amplios sectores de nuestra comunidad un deseo de construcción de una oposición política con capacidad de modificar la realidad del país. ¿Qué sucede si en este contexto las y los dirigentes políticos no están a la altura? ¿Qué significa estar a la altura?

"Estar a la altura" no significa deponer diferencias estratégicas sobre la visión del país, estar de acuerdo en las tácticas hacia las futuras elecciones presidenciales, o pretender que no existan ambiciones personales. Pero sí tenemos la convicción de que "estar a la altura" significa ponerse de acuerdo en dos puntos medulares: hay que ser una oposición real, y hay que crear los mecanismos que permitan generar una fórmula presidencial competitiva.

Estos mecanismos son los que suelen existir en los partidos políticos. Mecanismos que permiten dialogar entre competidores, acordar reglas de juego, dirimir disputas y definir qué va a suceder con los que ganan una "interna" y, sobre todo, con los que pierden.

Los acuerdos programáticos más o menos detallados pueden ser importantes. Pero mucho más relevante es permitir que los distintos sectores de la oposición expresen sus posiciones como les parezca mejor (de manera más "dura" o más "flexible"). Y, a su vez, que puedan hacerlo coordinando con otros sectores los mecanismos y reglas que permitan construir una oposición competitiva.

El objetivo es claro: debemos dialogar para construir una oposición. Y construir una oposición para ganar.

Para decirlo de otro modo, se trata de evitar que se alcance el objetivo político del Gobierno: mantener dividida a la oposición y limitar su capacidad de coordinación.

Queremos decirlo claramente: este no es un deseo teórico. Esta es la demanda concreta que escuchamos de muchísimos compañeros, compañeras y ciudadanos independientes que, todos los días, en los locales partidarios, en los clubes de barrio, en las sociedades de fomento, en los comedores comunitarios, en las asambleas que resisten a los despidos en el INTI y en el CONICET, en las PYMEs a punto de cerrar, en los comercios que no pueden pagar las tarifas, en las marchas para resistir el ajuste previsional, repiten y claman: "¿qué va a hacer la oposición para detener este desastre?"

Son millones quienes hoy sufren las políticas del gobierno y millones también los que demandan una oposición eficaz. Ni siquiera hablamos aquí de "unidad". Simplemente subrayamos la necesidad de una oposición que sea capaz de dialogar, coordinar y vencer electoralmente a un oficialismo que construye un proyecto de país para pocos.

De aquí a 2019 pueden surgir varias candidaturas con voluntad de disputar electoralmente, además de los que ya se han manifestado en ese sentido. Tanto el FpV/kirchnerismo, Unidad Ciudadana, el Peronismo Federal, el Frente Renovador y otras corrientes y grupos del campo popular y democrático cuentan con mujeres y hombres capaces de "estar a la altura" y ser candidatas y candidatos competitivos.

Quienes firmamos este documento tenemos preferencias variadas entre estas corrientes opositoras ancladas en el amplio campo popular y democrático. Votaremos a quien más nos interpele en una gran PASO y luego apoyaremos a quien gane en esa interna en una elección general. Y creemos que la gran mayoría de la ciudadanía está dispuesta a hacerlo también.

En otras palabras: al mismo tiempo que se demanda a las y los dirigentes que abran una instancia de negociación y diálogo para acordar mecanismos de competencia, hay un grupo muy grande de ciudadanas y ciudadanos que también ofrece su propio compromiso. Creemos que a nivel de las y los militantes y simpatizantes del campo nacional, popular y democrático existe un fuerte sentimiento de respaldar una opción opositora, aún si no es la que más se acerca al espacio que circunstancialmente cada uno ocupa o prefiere.

Desde nuestro lugar vamos a enriquecer los debates necesarios al interior del campo opositor que nos ayuden a proyectar nuestros valores históricos al futuro ¿Qué es y cómo se impulsa la justicia social en la actualidad? ¿Cómo se promueve una economía inclusiva, federal e integrada? ¿Qué significan hoy una educación y una salud de calidad para nuestro país? ¿Qué implica la integración de nuevas tecnologías en el mundo del trabajo? ¿Cómo construimos una institucionalidad que promueva la protección social de cara a las próximas décadas? ¿Cómo delineamos nuevas instituciones que permitan dirimir los conflictos sociales para emprender un camino hacia el desarrollo sostenido? ¿Cómo dotamos a Argentina de mayor capacidad para ejercer sus decisiones de manera soberana?

Ya habrá tiempo, un tiempo electoral, para imponerse e imponer. Pero sin diálogo y acuerdos básicos sobre la forma de competir para ganar, las y los dirigentes no habrán estado a la altura de estas demandas y expectativas.

Y las y los dirigentes que no están a la altura de las demandas y expectativas de los hombres y mujeres de su pueblo, no están a la altura de su tiempo ni de la historia.

Grupo Fragata

MARÍA ESPERANZA CASULLO, SEBASTIÁN ETCHEMENDY, MARCELO LEIRAS, ABELARDO VITALE, NICOLÁS TERESCHUK, ANA CASTELLANI, GERMÁN LODOLA, PAULA CANELO, SERGIO DE PIERO, JORGE BATTAGLINO, JUAN MANUEL OTTAVIANO, FERNANDO PEIRANO, SOL PRIETO, ESTEBAN KIPER, JUAN O´FARRELL, NATALIA ARUGUETE, MARCOS SCHIAVI, ARIEL LIEUTIER, FERNANDO MELILLO, JUAN CUATTROMO, GERARDO ADROGUÉ, NICOLÁS FREIBRUN, MARTÍN ASTARITA, MANUEL SOCÍAS, MARTÍN PLOT, ANDRÉS TAVOSNANSKA, PABLO GARIBALDI, MARCELO MUÑIZ, FABIANA RUBINSTEIN.

Calle Angosta | Periódico Digital. Publicación digital con artículos de interés en diversas temáticas, con selección de textos, imágenes, audios y vídeos.

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