Viernes, 19 Abril 2019

El domingo pasado la nota principal de tapa de La Nación fue la suspensión de 12.000 subsidios porque los beneficiarios no habían cumplido con la exigencia de cursar estudios. Supongamos, aunque la nota está firmada por Mariano Obarrio cuya solvencia deja mucho que desear, que el dato es rigurosamente cierto. ¿Y? Se trata del plan Hacemos Futuro que tiene 400.000 beneficiarios, de los cuales los suspendidos son un escaso 3% que se vuelve más insignificante cuando se lo pone en correlación con todos los planes sociales. En cualquier caso, en términos de personas y de presupuesto, la cifra es ínfima, irrelevante, menos para los responsables del diario.  Sin dudas (porque no hay otra explicación) lo que se quiso transmitir fue la idea de que los pobres (no solo los 12.000 sino todos) sacan provecho de la generosidad estatal. O sea que los desempleados y marginales viven a costillas de todos nosotros. Y que hay que terminar con esta situación, sin prisa pero sin pausas, porque no se puede hacer más rápido.

En esa misma edición, La Nación resucita a Juan Carlos de Pablo (alguna vez invitado perenne de Bernardo Neustadt) para que escriba en contra de las jubilaciones otorgadas sin los aportes suficientes y contra los docentes que supuestamente abusan de las licencias. La semana anterior había estado de invitado en lo de Bonelli, probablemente para decir lo mismo, pero en versión oral y sin nadie que edite se entendió poco de lo que dijo.

El diputado marplatense Guillermo Castello, de la Coalición Cívica, presentó un proyecto de ley para que se suspenda “toda prestación económica que reciba por parte del Estado el autor de delitos o contravenciones cometidas en ocasión de manifestaciones públicas”.  Un chantaje, o te quedás tranquilo o te quitamos la plata. A cambio de un plan hay que resignar el derecho constitucional a manifestarse. Porque dentro del ámbito de la contravención entra cualquier cosa, como por ejemplo un corte de calle o la ya remanida resistencia a la autoridad.

Por otra parte, ya el objeto de represión no se limita a los manifestantes. Los participantes del verdurazo y las personas que se acercaron no cortaban calles ni entorpecían el sagrado derecho a la circulación, sino que estaban en un costado de la Plaza de Mayo, lo que no fue obstáculo para que la policía golpeara a mansalva y requisara toda la mercadería, al igual que es costumbre hacer con los vendedores callejeros. Nunca se informa esa mercadería se reintegra a sus dueños o si su decomiso es parte del castigo por ocupar ese lugar público que es de todos, menos de ellos.

Se reprime cualquier forma de no resignación de aquellos a los que se titula “pobres”. Que en lenguaje cambiemita tiene sus acepciones particulares. O es una abstracción que se esconde detrás de la “pobreza” (pobreza cero, disminución a aumento de la pobreza o la indigencia –su pariente cercano-, gente en situación de calle) o es alguien concreto pero que está en inferioridad de derechos porque no tiene los ingresos suficientes. También puede servir de decorado en los timbrazos. Si es alguien morocho, mejor. Porque en el imaginario de Cambiemos, los pobres son todos morochos, sobre todo si reciben planes, por eso hay que hacer conteos como los que reproduce con placer Obarrio.

Esta equivalencia entre situación y valor social y color de la piel es una forma de racismo que se acentúa con la crisis económica, sobre todo en la clase media baja que siente sus posiciones amenazadas. Esos sentimientos no son nuevos. Pero sí lo es su expresión abierta y en espacios públicos. Y hasta hay una gastronomía diferencial: flan vs. choripán. Hay incomunicadores sociales que hablan de “negros de mierda” a micrófono abierto.

El gobierno sanciona explícitamente este estado de cosas con el dibujo del plan del Ministerio de Producción, en el que unos siete rubios vestidos de manera elegante sostienen sobre sus hombros el peso de una enorme cantidad de morochas y morochos enfundados en ropas compradas en La Salada.

Infobae, otro de los órganos que expresan lo que el gobierno quiere que se diga –al punto que entre sus columnistas recurrentes figuran Fernando Iglesias y Silvia Mercado- califica al dibujo como una anécdota.

Pero frente a esa nuestra tan gráfica de cómo se piensa la sociedad, resulta complicado hablar de anécdota. No es fácil pensar que ese dibujo fue una ocurrencia personal y que no fue supervisado por unas cuantas personas, probablemente el propio Dante Sica. Es decir que es una representación oficial, un documento de la concepción social que tiene Cambiemos y que no es objeto de debate dentro de la coalición pese a las rebeldías electoralistas de los radicales.

Para decirlo de otro modo, en la versión oficial, los pobres son un mal no siempre necesario. Sirven para esas tareas de las que no quieren ocuparse, pero no son objeto de ninguna estrategia de inclusión. Los planes se entregan para que no estalle todo y se establecen exigencias para poder suspenderlos y echarles la culpa a los beneficiarios. De pronto, estas personas que han visto pobres solo por la tele, gobiernan un país en el que cada vez hay más pobres. Y a los cuales únicamente les reservan represión, spots publicitarios, planes que exigen ser más buenos que Lassie atada y silencio cuando se les cercenan sus derechos. La idea de justicia macrista es excluyente y punitiva, es quitar (como en el caso de las pensiones a discapacitados) para que nadie se vea beneficiado de “lo que no le corresponde”. Ahí están puestos todos sus esfuerzos, esos que aplaude la tapa de La Nación.

Publicado el Sábado, 02 Marzo 2019 09:48 Escrito por

En febrero, la valoración negativa del desempeño del Gobierno de Mauricio Macri registró un fuerte incremento (+6,5%) y una leve caída de la valoración positiva (-1,1%), provocando una ampliación del diferencial negativo de imagen que se amplía a -32,4%.

La preocupación por la Inflación, que había cedido en los últimos 3 meses, vuelve a ascender en febrero a 34,9%, luego de un rebote de 4,3 p.p. De esta manera, las preocupaciones económicas vuelven a ascender y llegan al 54,0%. Al mismo tiempo, se registra un rebote de la preocupación por la Corrupción (+2,3%), que es señalada como el principal problema por el 19,7%.

Las expectativas sobre el futuro del país ratifican la tendencia bajista de enero. En febrero se registra una caída del optimismo sobre el futuro del país (-2,2%), y un incremento del pesimismo (+3,9%), profundizando el diferencial negativo (predomino del pesimismo). Mientras que respecto del futuro personal, febrero no muestran grandes variaciones, registrándose una leve caída del optimismo (-0,5%), pero una también caída del pesimismo (-0,9%).

En materia electoral, la tendencia en el voto oficialismo/oposición no muestra variación en la tendencia de voto al oficialismo, que permanece en 30,8, mientras que si se registra un incremento de 2,9% en la tendencia de voto a Otra Fuerza Política que llega a 53,8, el máximo de los últimos 8 meses.

Mirando la tendencia electoral por espacio político, tampoco observamos grandes modificaciones respecto del registro de diciembre. A un oficialismo que registra un 30,8%, le surge como principal opción opositora el Kirchnerismo y aliados que por primera vez en la serie registra más intención de voto que Cambiemos (31,4%). El Peronismo Federal (Alternativa Federal) también registra un incremento en su intención de voto (+1,9%), pero aún permanece lejos de los niveles de apoyo de Cambiemos y el Kirchnerismo, ratificando un escenario de polarización del voto.

En términos de Imagen, María Eugenia Vidal sigue siendo la dirigente con mayor imagen positiva, pero en febrero registra por primera vez un diferencial negativo (la imagen negativa supera a la positiva por 0,5%). El único dirigente que registra un diferencial positivo de imagen es Roberto Lavagna, cuya diferencia entre imagen positiva y negativa es de +8,8. Al efectuar la apertura del punto medio (ver la tendencia dentro del “Ni bueno ni malo”), Vidal vuelve a mostrar un diferencial positivo.

Por el lado del Presidente Mauricio Macri, en febrero registra por primera vez una imagen negativa superior al 50% (52,1), mientras que su imagen positiva registra un leve descenso y se ubica en 30,3%. Se trata de una composición de imagen ya bastante parecida a la de Cristina Fernández de Kirchner que registra mayor imagen negativa (53,7%) pero mejor imagen positiva (33,3%).
o El resto de los dirigentes (donde se incluyen varios candidatos a Presidente), muestran diferenciales de imagen negativos. De hecho, de todos los candidatos a Presidentes evaluados, solo dos (Juan Manuel Urtubey y Felipe Solá) tiene una imagen negativa inferior al 45%. Con muchos candidatos con más del 50% de imagen negativa.

Publicado el Martes, 19 Febrero 2019 10:24 Escrito por

Crítica, autocrítica y síntesis. Una reflexión sobre la vacuidad teórica de estos tiempos, por José Cornejo Pérez, director de AGENCIA PACO URONDO.

Desde la derrota presidencial de 2015, un sinfín de compañeros y compañeras se pasan la posta. En el reclamo, los más audaces cuestionan a CFK, lo más prudentes arrancan con la cantinela "porque los pibes de La Cámpora bla-bla". Cautelosos, no sea cosa que en nueve meses CFK esté ganando de nuevo.

Publicado el Sábado, 26 Enero 2019 09:26 Escrito por

Desde los años 50 del siglo pasado y con fuerza durante las gestiones de Cristina Kirchner, se instaló en buena parte de los militantes populares un reclamo hacia los compatriotas que ganaron perfiles de clase media. Ellos no habrían valorado adecuadamente cuánto de ese ascenso se debió a las políticas de un gobierno popular.

Parte del argumento es compartible, especialmente cuando la cultura globalizadora y meritocrática aleja a mucha gente del contacto con la política. De cualquier manera, parece necesario profundizar el tema, para no caer en cierto absurdo que indicaría que si un gobierno popular mejora la condición de una franja de la sociedad está condenado a perder la adhesión electoral de esa gente. Aunque hay mucha tela para cortar aquí, se ha discurrido bastante sobre el tema y podremos volver sobre esto en otra ocasión.

Hoy me interesa señalar que en todo caso se ha puesto muchísimo más interés en la psicología de los “ingratos”, que en la de aquellos que después de 12 años de gobierno con vocación popular siguieron siendo pobres. En 2015 cualquier ajustada estimación de pobreza marcaba que no menos del 25% de la población debía considerarse así.  Además, sin necesidad de muchas encuestas, se admitía – y aún se admite – que la mayoría de los afectados vota al justicialismo, con cualquier sigla que se presente.

La pregunta pertinente en este momento histórico, debiera ser – lo pongo en potencial porque no creo que sea muy frecuente -: Después de 12 años a los que entró pobre y de los cuales salió pobre, ¿cómo ve su vida ese compañero y qué espera de un gobierno que asume queriendo dejar atrás el infierno neoliberal?

Mezclando inferencias con experiencias concretas de trabajo popular, me animo a ordenar algunas de mis convicciones al respecto:

1 – Nadie se confunde sobre el deterioro relativo y absoluto que el neoliberalismo significa para sus vidas. Hasta aquellos que equivocadamente han votado a Cambiemos, ya no se engañan.

2 - Las causas asignadas al deterioro divergen.

Un primer grupo trabajó y trabaja en tareas con ingresos fronterizos con el nivel de pobreza y por lo tanto la inflación, con mala actualización salarial, los empuja para abajo.

Muchos lamentan haber perdido las changas, que eran el derrame inducido por el mayor nivel de ingresos de otros ciudadanos. No alcanzaban para salir de la pobreza de manera permanente, pero ayudaban mucho a construir expectativas de mejora sistemática.

Otros muchos, lamentan la pérdida o el importante deterioro de las diversas formas de asistencia social, desde la AUH a la jubilación con moratoria, y tantas otras.

Para mejorar su situación, los primeros esperan que baje la inflación y que sus empleadores les aumenten sus ingresos relativos; los segundos esperan que otros sectores sociales mejoren sus ingresos, lo cual arrastrará los suyos; los terceros, finalmente, esperan que el Estado vuelva a ocuparse de ellos.

3 – La breve descripción anterior me lleva a concluir que solo una fracción de los pobres, cuya importancia relativa se debería calcular pero en verdad es bastante irrelevante hacerlo, cree depender en forma directa de la ayuda estatal, aunque no esperan salir de pobres de ese modo. Los demás esperan estar mejor si la economía prospera. En tal caso, recibirán beneficios indirectos.

4 – Es imposible encontrar programas específicos, no solo ahora, sino en toda nuestra historia, que puedan ser calificados como programas directamente orientados a eliminar la pobreza y que se hayan instalado en la subjetividad de los más humildes con ese carácter. La única excepción podría ser la construcción de viviendas sociales, pero la tradicional opacidad en su asignación le resta valor relativo.

En rigor, las políticas públicas, tanto conservadoras como populares, asignan ese rol – eliminar la pobreza – a los programas de capacitación profesional y a toda la escalera educativa, asumiendo como dogma que la solución es el esfuerzo personal, con el fin de incluirse en un sistema que no se cuestiona. Hilando fino, todos decimos que la pobreza es responsabilidad de los pobres, hasta los pobres mismos. La diferencia entre actitudes de gobierno es que los populares inducen mayor derrame y aumentan las oportunidades de movilidad social.

5 – En tal contexto, no es de extrañar que los pobres no reclamen programas de cambio estructural. En todo caso, se espera mayor ayuda para las discapacidades y mayor demanda laboral.

6 – Al limitar la expectativa a la asistencia social y a la evolución de la macroeconomía, con el agravante que para ésta última la gran mayoría de la población -no solo los pobres – no entiende bien de qué depende que evolucione positivamente, el pobre queda expuesto a la manipulación y al clientelismo. Su subjetividad depende de la ayuda de hoy y de las promesas genéricas sobre el mañana. No es de extrañar, de tal manera, que la adhesión a una corriente ideológica se vaya diluyendo a medida que las generaciones nuevas llegan, sin historia que defender como propia y cada vez con menos recuerdos familiares asociados a la prosperidad o a las luchas por conseguirla.  

7 – Hasta las explosiones sociales, en consecuencia, son causadas más por la desesperación que por la defensa de un proyecto alternativa, porque en cualquier instancia se deja la iniciativa a quien gobierna, sin asumirse como sujeto activo de un plan de cambios.

Si el diagnóstico que se deduce de lo expuesto es correcto, creo imperativo contribuir a cambiar esa subjetividad, porque el principal perjudicado al pensar así es el pobre. No solo, ni siquiera como factor importante, desde el discurso. Debe ser desde la creación de condiciones materiales que reemplacen al “combatiendo al capital” de un país que cambió sustancialmente, donde los capitalistas y el Estado como empleadores generaban trabajo para todos, acotando el problema de la pobreza a la distribución del ingreso.

¿Qué quiero decir?

Exceptuando los casos de incapacidad absoluta de trabajar, que se dan en cualquier sociedad del mundo, el resto de los compatriotas deberían asociar la posibilidad de emerger de la pobreza al hecho de trabajar. Correlativamente, un gobierno que se convenza cabalmente de esto, debe construir los escenarios que lleven a los pobres a trabajar en una amplia gama de ámbitos de valor comunitario, dejando atrás y enterrando, si es necesario, el criterio de la relación capitalista de empleador/empleado como única vía. La infraestructura y el mantenimiento del hábitat; la atención de necesidades básicas de subsistencia; la educación; la salud; los servicios públicos, cada uno de esos aspectos fundamentales de la vida, puede y debe ser extraído de la lógica capitalista.  Es esencial, básico, elemental. Al pasar progresivamente todos esos ámbitos a la administración comunitaria, se construye un camino que termina con la desocupación y la pobreza en un absoluto paralelo. Llevar ese objetivo a lo concreto, caso por caso, convertirlo en meta palpable, no solo es necesario para resolver el problema, sino que a la vez define las banderas necesarias para el cambio estructural, a ser enarboladas por los militantes y por los sujetos afectados por igual.

Todos los interesados en la política y en un país definitivamente mejor tenemos la responsabilidad de dignificar la lucha por eliminar la pobreza, entendiendo el camino y además – sobre todo -ayudando a los pobres a pelear por él. Un proyecto popular no puede seguir esperanzado en el derrame inducido.

Publicado el Viernes, 14 Diciembre 2018 08:26 Escrito por
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