Miércoles, 16 Enero 2019

En diciembre 1998, Hugo Chávez ganó las elecciones presidenciales en Venezuela, en unos comicios cuya importancia sólo hemos logrado dimensionar con el paso del tiempo: con el triunfo del dirigente bolivariano, irrumpía en la historia de América Latina una nueva fuerza política, telúrica y combativa, de hondas raíces populares, que rápidamente se puso en el foco de atención de todo un continente, asfixiado por los ajustes neoliberales, el entreguismo de las oligarquías, la pobreza y la desigualdad social, y el sometimiento al dictum imperial sintetizado en el imperativo de construcción del proyecto panamericanista del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA).

En aquellos años, el mapa político de la región aparecía dominado de manera incontestable por el neoliberalismo criollo, que exhibía a sus paladines sin rubor, en lo que hoy bien podríamos calificar como una galería del horror.

Basta con recordar que en Argentina Carlos Menem se encaminaba al ocaso de un mandato de 10 años, caracterizado por las privatizaciones de servicios públicos, de las empresas y los recursos naturales estratégicos, así como por la subasta del país al mejor postor y la consolidación de las relaciones carnales con los Estados Unidos; en Brasil, gobernaba Fernando Henrique Cardoso pero mandaba el Fondo Monetario Internacional con la ortodoxia de las políticas de ajuste y austeridad; y en México, Ernesto Zedillo gestionaba el TLCAN sin hallar la aún la prometida puerta de entrada al Primer Mundo, y portando sobre sus hombros las sombras de la matanza de Acteal y de su designación como candidato presidencial tras el asesinato de Luis Donaldo Colosio en 1994.

En Perú campeaba todavía el genocida Alberto Fujimori; en Ecuador Jamil Mahuad no solo cedió la base de Manta a los Estados Unidos, en el marco del Plan Colombia: también prendió la mecha de una crisis financiera sin precedentes, que $6000 millones de dólares de las reservas del Estado para salvar bancos privados, y acabó en una sangría incontenible de las finanzas públicas, el cierre de numerosas entidades bancarias y detonó un doloroso flujo de migrantes ecuatorianos que salieron de su país en busca de oportunidades. Y en Centroamérica todavía estaban frescas la tinta con la que se firmó el último acuerdo de paz en Guatemala y las esperanzas –que hoy reconocemos ingenuas- de unas sociedades “cuyas legítimas aspiraciones de paz y de justicia social, de libertad y reconciliación, han sido frustradas durante muchas generaciones”, según reza el texto del Acuerdo de Esquipulas de 1987.

El informe Panorama social de América Latina 1999-2000, publicado por la CEPAL, concluía que “hacia fines de los años noventa las encuestas de opinión muestran que porcentajes crecientes de la población declaran sentirse sometidas a condiciones de riesgo, inseguridad e indefensión. Ello encuentra sustento en la evolución del mercado de trabajo, el repliegue de la acción del Estado, las nuevas formas institucionales para el acceso a los servicios sociales, el deterioro experimentado por las expresiones tradicionales de organización social (…) En estas condiciones, la mayoría de los hogares de América Latina están expuestos a importantes grados de vulnerabilidad social” (pp. 16-17).

Y entonces ganó Chávez, que desde mediados de la década de 1990 venía pregonando la necesidad forjar “un proyecto estratégico continental de largo plazo”, que permitiera el desarrollo de un modelo económico y político alternativo, soberano y complementario para la región; “una asociación de Estados latinoamericanos (…) que fue el sueño original de nuestros libertadores”, decía el comandante de Barinas, “un congreso o una liga permanente donde discutiríamos los latinoamericanos sobre nuestra tragedia y sobre nuestro destino”, para hacer del siglo XXI “el siglo de la esperanza y de la resurrección del sueño bolivariano, del sueño de Martí”.

Lo que pasó después es un capítulo fresco en nuestra memoria, sobre el que no todo está escrito todavía. Pero cabe preguntarnos: ¿cambió algo en América Latina en estos años? ¿Es posible mirar con orgullo aquel período de ebullición creativa y de convergencia latinoamericanistas, inédito en dos siglos de vida republicana? Por supuesto que sí. En ese largo itinerario de la esperanza y la emancipación que es la lucha social, en nuestra viaje colectivo de la semilla al árbol poderoso –parafraseando al poeta Roque Dalton-, nada ha sido en vano y todo fue necesario.

Hace 20 años inició ese camino que en nuestros días, a pesar de los retrocesos y los obstáculos, sigue señalando el rumbo de la búsqueda y construcción, desde aquí, desde nuestras propias realidades, de las alternativas civilizatorias que reclama con urgencia el futuro. Mucho queda por estudiar y aprender de eso que algunos llamaron el giro progresista, y que nosotros entendemos como el auge y reivindicación de lo nacional-popular nuestroamericano; especialmente importante será profundizar y comprender la naturaleza de los procesos y dinámicas políticas, económicas y culturales que llevaron a las izquierdas de la resistencia y la acumulación de fuerzas, al acceso al poder y la construcción de articulaciones nacionales y regionales. Porque, a diferencia de lo que cantara Gardel, estos veinte años significan mucho: conforman nuestra historia viva, el sustrato de las lucha del presente, frente a los colosales desafíos que la coyuntura actual perfila en el horizonte de nuestros pueblos.

* AUNA-Costa Rica

Publicado el Domingo, 30 Diciembre 2018 19:28 Escrito por

Hace 25 años, el primero de enero de 1994, un ejército indígena brotado de las sombras de esa noche del nuevo año tomaba la ciudad de San Cristóbal de las Casas en Chiapas. Eran muchos, se veían muy pobres y estaban abriendo una nueva época en la historia de México y de Latinoamérica. Su nombre era y sigue siendo Ejército Zapatista de Liberación Nacional, EZLN. Un cuarto de siglo después, Jair Bolsonaro, un ultrareaccionario llega al poder en Brasil por la vía electoral, con un programa xenófobo, machista, autoritario y neoliberal. ¿Se abre una nueva época para la región?

La mayor proeza de Jair Bolsonaro no fue haber vencido en las elecciones, sino haber impuesto su agenda en toda la disputa electoral. Y entonces nos llenamos de preguntas. ¿Por qué en un país de 14 millones de desempleados, con una recesión sin señales claras de reversión, en proceso acelerado de desindustrialización, y con servicios públicos enrumbados hacia el colapso, la agenda electoral se volteó hacia una pauta claramente moralista y despolitizada?

La respuesta está en cómo el propio PT decidió encarar el enfrentamiento en las urnas. Lula buscó controlar el timón de la jornada al colocarse como candidato hasta los 44 minutos del segundo tiempo, o sea hasta mediados de setiembre, sin indicar un vice o un plan B, y por eso no priorizó la lucha política abierta. Lula delegó tácitamente la dirección de la campaña a sus abogados, que presentaron acciones encima de acciones en una conmovedora confianza en el sistema judicial brasileño.

No se cuestionó al gobierno de facto de Michel Temer y el poder fáctico oculto en la campaña electoral, sino se mostró a Lula como víctima injusta de un proceso fraudulento, haciendo de la condición del expresidente el centro de la campaña, en lugar de los problemas concretos vividos por la mayoría de los brasileños. En lugar de un juzgamiento de Temer y sus reformas regresivas, Lula centró en sí mismo la cuestión. Su táctica fue transformar las elecciones en un plebiscito sobre sí mismo, dice el académico Gilberto Maringoni.

Esa opción fue acompañada de otra: la nostalgia de los buenos tiempos, cuando Brasil crecía y los salarios también; el país era respetado en el mundo, y el futuro parecía radiante. La nostalgia tiende a ser unidimensional. Escogemos qué recordar y escogemos qué olvidar. A diferencia de mirar críticamente el pasado para entender el presente la nostalgia tiene los dos pies en el idealismo.

Así, los pilares de la campaña petista hasta el final de la primera vuelta electoral fueron la victimización y la nostalgia, en sentimientos fuera de la política y la confrontación. Y si el centro de todo iba a ser Lula, faltaba una pieza en el rompecabezas. El raciocinio se volvería redondo con el mantra “Haddad al gobierno, Lula al poder”, un mal adaptado slogan recogido de la campaña de Héctor Cámpora (“Cámpora al gobierno, Perón al poder”) a la presidencia de la Argentina, en 1973.

Y transformó a Fernando Haddad, el verdadero candidato, en un mero biombo suyo, dejándolo en la sombra hasta después de iniciada la campaña. Haddad no participó de debates, actos ni entrevistas hasta finales de septiembre, lo que dificultó mucho la fijación de su nombre en la politización de la campaña. Increíble; no hubo ataques a Jair Bolsonaro.

El PT optó por despolitizar la campaña. Cuando Jair Bolsonaro sufrió el supuesto atentado el 7 de septiembre –reality show mítico y “milagroso” de dejarlo con vida y sin mancharle la camisa-, la campaña cambió de rumbo. Hospitalizado y con su vida en riesgo, él también se convirtió en víctima y Lula perdió la primacía y exclusividad en esa condición

Sin política, valiéndose de miedos y preconceptos arraigados en la población, Bolsonaro adicionó un ingrediente más, el antipetismo, uno de nuevo tipo: una repulsa popular al partido, diferente a su versión conservadora y de derecha, que veía en el ascenso de los pobres un problema a ser vencido, que sensibilizó a los huérfanos del proprio PT, las víctimas de la depresión de 2015-16, promovida por el desarrollismo de Dilma y su conservador ministro de Economía Joaquim Levi.

Ellos formaron la masa de decenas de millones que se sumaron al desempleo y cayeron en el discurso fácil de la propaganda fascista y de sus respuestas simples para problemas complejos. Claro, también está Ciro Gomes y su vergonzosa omisión en la lucha, y el uso criminal de whatsApp y las redes digitales, herramientas que precisamos comprender más profundamente.

El progresismo brasileño cuenta con el más importante líder popular de la historia brasileña, un candidato – Fernando Haddad – que se agigantó en la jornada y líderes de primera línea, como Guilherme Boulos. Y en la segunda vuelta logró unir a la izquierda, a los demócratas, parte de los liberales, a los nacionalistas y a los que luchan por un Brasil socialmente justo. Hoy el progresismo llora para poder tomar tomar aliento, entender racionalmente lo que aconteció y volver a la acción.

Encarar la bestia-fiera fascista exige cohesión y comunión de propósitos: un programa, y la construcción de cuadros preparados para la gestión. Hace falta saber bien quién es el enemigo y enfrentarlo directamente. Ya no quedan dinosaurios salvadores de la civilización.

Pero sí hubo durante la campaña un fenómeno que llamó la atención: la movilización de masas que generó el feminismo. El 29 de septiembre en 50 ciudades del país cientos de miles de mujeres se movilizaron con la consigna #elenão (Él No), en lo que fue una de las movilizaciones más multitudinarias y federales de la historia brasileña. Pero en su inmensa mayoría, las mujeres de carne y cuerpo que adquieren voz pública son blancas, universitarias de profesiones liberales, artistas. El feminismo en Brasil no es plebeyo, no parte de las necesidades, sufrimientos y esperanzas de las mujeres del Brasil profundo.

Exceptuando a las mujeres del nordeste brasileño, al resto de ellas las convocó Bolsonaro. El feminismo se les presenta como la otredad, como el intento desmedido de la izquierda progresista por imponer los valores de las minorías (simbólicas) sobre la construcción identitaria tradicional. Sobre las “buenas costumbres” y los valores de la “gente de bien”.

El plan económico de Bolsonaro le es funcional y redituable a los grandes bancos, los agroexportadores, conglomerados y corporaciones transnacionales y, aunque con ciertas inquietudes, a la gran industria nacional (“los paulistas”). Según el sociólogo Max Weber, hay allí una acción racional-económica con arreglo a fines económicos.

Bolsonaro y todo aquello que lo rodea, expresa públicamente el esquema de valores de la familia tradicional, heteronormativa, burguesa y blanca. Hasta los obreros afrodecendientes lo votaron. Unos, por estar en contra del programa de educación sexual, que el PT impondría en las escuelas, otras porque el comunismo de Manuela (la vice de Haddad) era opuesto a la fe en dios.

La máscara de Bolsonaro sonriente y con lentes de sol que usaron sus adeptos durante la campaña, les permite esconderse, no ser ellos, o al menos estar amparados en un nuevo sentido común imperante, que habilita cualquier tipo de racismo y odio sobre el otro-otra, y la voluntad de suprimir al oponente del espectro político y público. Racionalidad con arreglo a valores, señala la socióloga Camila Matrero, de la Universidad de Buenos Aires (UBA).

Expuestos los tipos de racionalidades que pueden motivar a las inmensas mayorías (sectores populares, clases medias) a votar en pos de un proyecto neoliberal que los afecta directamente como clase, es necesario pasar de Weber a Antonio Gramsci y su valioso aporte: el problema de la hegemonía.

Gramsci escribe los Cuadernos de la cárcel, desde la derrota de la Revolución en Italia, pero no es derrotista. Intenta descifrar sus causas, comprender el proceso histórico por el cual estando dadas las condiciones objetivas para la revolución (léase: la necesaria estructura de clases), se pierde. Va preso. Gana el fascismo. Siguiendo a Gramsci nos hacemos la misma pregunta. ¿Por qué gana el fascismo?

Para ello es necesario avanzar más allá de los planteos clásicos como la injerencia del imperialismo o los epocales como el poder judicial y mediático ya que está el establishment televisivo y periodístico que jugó de manera indirecta o tímida en favor de Bolsonaro. Está lo coyuntural (en las anteriores elecciones dieron su apoyo a Dilma) y al mismo tiempo particular de la sociedad brasileña como el fenómeno social – masivo y en ascenso- que constituye la doctrina evangélica.

De lo que se trata, para el campo de las izquierdas, es de dejar de echar culpas hacia afuera y mirar las falencias propias, que, al fin de cuentas, son las únicas sobre las que se puede operar de cara al futuro. Si hay un territorio específico de acumulación de poder para la izquierda, el progresismo, lo nacional popular, es en las entrañas de la bestia, en la conciencia y voluntad de los sujetos postergados, oprimidos, hambrientos.

Y, en el caso brasileño, antes de perder la elección, el PT perdió a su sujeto y eso bastó para que las fuerzas de derecha, el partido militar, los CEOs, ganaderos, sojeros y ciertos evangélicos lleguen al poder por el voto popular.

Brasil no tuvo un estallido de trabajadores sublevados en busca de su líder como el 17 de octubre de 1945 en Argentina, o un Caracazo (1989), o un Bogotazo (1948). No sucedió en los momentos de auge de movilización popular en la región y tampoco sucedió cuando encarcelaron a Lula, líder popular por años en Brasil. El PT, no construyó un sistema de ideas hegemónico sólido y la batalla -por ahora, dijera Hugo Chávez- la ganaron sus adversarios.

* Periodista y comunicólogo uruguayo. Magíster en Integración. Fundador de Telesur. Preside la Fundación para la Integración Latinoamericana (FILA) y dirige el Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)

Publicado el Domingo, 30 Diciembre 2018 11:30 Escrito por

El presidente francés Emmanuel Macron se encontró con una escena caótica al volver de la cumbre del G20 en Argentina este domingo.

El mandatario recibió algunos aplausos, pero también fue abucheado mientras pasaba por restos de autos quemados y ventanas de comercios destrozadasen la avenida Kléber, en París.

En el Arco de Triunfo, Macron vio cómo se pintaron grafitis en su contra y hubo daños en las oficinas del monumento, saqueadas el día anterior.

Los destrozos se produjeron en el fin de semana durante las protestas de los "chalecos amarillos" en París y otras ciudades de Francia en contra del alza en el precio del diésel y el alto costo de la vida.

"Nunca aceptaré la violencia", dijo Macron en una conferencia de prensa en Buenos Aires el sábado, a donde asistió a la cumbre del G20.

"Ninguna causa justifica que las autoridades sean atacadas, que las empresas sean saqueadas, que los transeúntes o los periodistas estén amenazados o que el Arco de Triunfo sea manchado", dijo.

Miles de manifestantes, liderados por el movimiento de los llamados "gilets jaunes"(chalecos amarillos), salieron a las calles para exigir que el gobierno dé marcha atrás al aumento en el impuesto del diésel.

El presidente y sus ministros tuvieron una reunión urgente sobre seguridad para decidir qué acción tomar en respuesta a la violencia que tiene conmocionado a buena parte del país.

Y en búsqueda de una salida política a la crisis, el lunes el primer ministro Édouard Philippe se reunión con los partidos de la oposición mientras los manifestantes bloqueaban depósitos de combustibles de la petrolera Total, que reportó 75 gasolineras desabastecidas

Desde que comenzaron las manifestaciones hace dos semanas, tres personas han muerto en incidentes de violencia en todo el país.

Más de 100 personas resultaron heridas en la capital francesa, incluidos 23 miembros de las fuerzas de seguridad, y cerca de 400 personas fueron arrestadas este fin de semana, dijo la policía.La ministra de Justicia, Nicole Belloubet, ha prometido aplicar toda la fuerza de la ley a las personas a las que incurran en violencia.

Redacción BBC Mundo.

 
Publicado el Lunes, 03 Diciembre 2018 15:04 Escrito por

Este ritmo musical influenciado por otros géneros salió de Jamaica en 1960 y ahora se convierte en un ritmo universal gracias a la inclusión de Unesco. 

La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) incluyó al ritmo musical reggae en su listado como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

El anuncio fue oficializado en el marco de 13° sesión del Comité para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial realizado en Port-Louis, capital de Mauricio, nación ubicada en África Occidental. 

Este género musical fue incluido en este listado debido a sus aportes a la integración de grupos étnicos y religiosos sin distinción de género, anunció la Unesco. 

Asimismo, el organismo internacional resalta que el reggae ha contribuido "a la reflexión internacional sobre cuestiones como la injusticia, la resistencia, el amor y la condición humana pone de relieve la fuerza intelectual, sociopolítica, espiritual y sensual de este elemento del patrimonio cultural".

Por otra parte, Olivia Grange, titular del Ministerio de la Cultura de Jamaica, describió este día como una fecha histórica, que "subraya la importancia de nuestra cultura y nuestra música cuyo tema y mensaje es amor, unión y paz".

El reggae ha impactado en el mundo por su estilo tropical y la cadencia de sus notas. Se hizo mundialmente conocido a partir de la fusión del ska y el rocksteady, con innegables toques de soul y rythm and blues, estilo que marcó pauta en 1960. 

Publicado el Jueves, 29 Noviembre 2018 18:14 Escrito por

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