Martes, 22 Octubre 2019

Ezequiel Gatto es Docente, investigador, traductor, licenciado en Historia y doctor en Ciencias Sociales. Integra el Grupo de Investigación en Futuridades (Editorial Casagrande, noviembre de 2018) en el que intenta improvisar un cambio en eso que damos por llamar futuro. Ensayar otras categorías desde donde pensar futuros diferentes y alcanzar algunos más respirables.

Ya en los 70, Roque Dalton veía cómo el enemigo se había vuelto complejo, incluso nos rebasaba en muchos terrenos: la revolución científico-técnica del imperialismo, la ideología de esa revolución y la ideología de la gran sociedad desarrollada. Además, pedía aceptar esa complejización y ser audaces en los movimientos de contraposición. Desde esos días al presente, las noticias del avasallamiento no mejoraron y el panorama que nos trae Futuridades  no deja de ser sombrío. No obstante, no agotado, no cerrado, no concluido.

El punto de inicio es que el término Futuro, como lo veníamos pensando hasta ahora, está siendo controlado por el capitalismo financiero desde hace un tiempo largo a través de la complejización científico-técnica. Ese "improvisar" apuntado en el primer párrafo no significa no tener una línea determinada sino moverse, repensarse, rescatar lo rescatable, para volver a intentar derribar las barricadas que el enemigo levanta en las salidas del hoy.

Una verdadera audacia, como pedía Dalton.

APU: La pregunta obligada para empezar es ¿de qué hablamos cuando hablamos de futuridad?

Ezequiel Gatto: Lo considero un concepto abierto, podríamos decir en formación, una idea que voy modelando, al ir esquematizando nuevos elementos que se incorporan. Dicho esto, entiendo el concepto de futuridad como una condición ontológica, es el nombre que le puse a una tendencia irreversible hacia un porvenir. Esto no quiere decir inexorable ni previsible ni fatal. Ser es devenir, y futuridad es el intento de agarrar algo de ese devenir. Obviamente, en ese acto tomo una posición. Es una idea ambiciosa (aunque prefiero fracasar en esa ambición) de cómo pensar el devenir.

 

APU: Hay otros dos términos que van de la mano, que son el de futurización y futuridad…

EG: Algo que pensaba mientras hacías la pregunta era que no aclaré por qué hablo de futuridad y no de futuro. La categoría de futuro tiene un valor político y cultural decisivo para la modernidad, es decir, es una categoría articuladora de ese momento social. Pensada en el registro de una línea de tiempo en el cual ese futuro siempre está por delante y dotado de una figura visualizable. El futuro es el elemento que caracteriza el vínculo de la futuridad de la modernidad. Esa categoría conlleva un juego ambiguo y confuso: postula como un universal antropológico lo que en realidad es una construcción histórica muy situada en la modernidad. Futuro puede ser una palabra que puede servir para cualquier estructura de tiempo social y sin embargo es una categoría que tiene una inscripción histórica muy definida. Futurización es una categoría interesante para pensar el acto de dar un futuro, de imaginarlo, de proyectar en el presente su destino, que es más del campo de lo visual; y la futurabilidad es cierta posibilidad que opera en nuestro presente pero que no tiene imagen, es eso que emerge y obliga a ir por otros lugares que uno no imaginaba. El juego de esas dos formas es la manera en que nos vinculamos con la futuridad. Ese registro puede abarcar tanto una etapa como algo más puntual, esto último es lo que intento en el libro: cómo los sojeros de un pueblito del sur de América piensan el futuro, cómo los pibes de los barrios periféricos reprimidos por la policía en Rosario piensan el futuro. Es un libro que piensa el futuro desde el presente. No hago futurología, sino intento analizar cómo producimos vínculos con lo que está por delante y cuáles son las consecuencias de esos vínculos, cómo los podríamos cambiar, fortalecer, destruir, etc.

 

APU: Vos hablás de cómo el capitalismo financiero está controlando lo que conocemos como futuro ¿de qué forma lo hace?

EG: Creo que la forma es la cifra. La que modela y gobierna lo social. Tiene la particularidad de ser concreta y abstracta al mismo tiempo, de alguna manera ser una imagen, pero no tener contenido. Es interesante y urgente para mí volver a pensar la relación de la moneda con la política y no sólo en términos meramente soberanistas sino el poder performativo de la moneda. Discutir sobre el mercado, hasta dónde tenemos que ser exclusivamente antimercado. Y si ser antimercado es ser anticapitalista. Es una discusión que me interesa dar: capitalismo y mercado no son lo mismo. Básicamente ha habido mercados no capitalistas como para demostrar históricamente que esas entidades se diferencian. Y hay ciertas potencias en el intercambio mercantil que se podrían aprovechar en los procesos emancipatorios.

 

APU: Decías eso y pensaba en los nodos de mercado solidario y la red de comercio justo…

EG: Tal cual. Hay intercambios de mercados que no necesariamente son productores de desigualdad: puede producir diferencias sin producir desigualdad. Y el tema de la moneda viene a aportar a ese debate. Hay algo que a mí me vuela la cabeza: la digitalización del dinero. Un encarcelamiento monetario que va a hacer que vos no puedas operar por fuera de la matriz de los bancos, las tecnologías. Cada movimiento monetario tuyo queda registrado en algún lado y tendrá efectos muy concretos. La moneda usada como mecanismo de ajuste y previsión es la gran manera de gobernar el futuro. Las deudas externas son una muestra: el acreedor no espera que pagues, espera que quedes enlazado. El que logra imponer una técnica que le garantiza hoy un tipo de incidencias sobre fenómenos que todavía no existen tiene un poder descomunal sobre el gobierno del tiempo.

 

APU: Históricamente hubo “soluciones” para el “excedente humano” pero fueron acotadas en el tiempo y no expuestas sino más bien solapadas (pensaba, por ejemplo, en la dictadura genocida del 76) ¿Qué peligros conlleva esta mirada actual donde ese excedente se convierte en residual y como tal no tiene ningún tipo de derecho, ni el de ser víctima?

EG: Creo que hay una relación muy estrecha entre las tecnologías y la reaparición de una idea de residuo humano, con claras características racistas. Hay una segmentación de los mercados laborales que cumplen una función mucho más antropológica al establecer una frontera entre lo que es humano y que no. Somos cada vez más los sectores que estamos por fuera de la estructura formal de la economía, con fronteras permeables entre quienes están integrados y excluidos en un país que tiene a más de la mitad de sus trabajadores informales, con un 40% en negro y con pequeños bolsones de trabajos estables. Eso hace que lo residual aparezca más expuesto como tal porque se tiene temor a la caída en la inhumanidad, no solamente en el desempleo. Hay un proceso sistémico que produce esto como un fenómeno necesario. Y se ha intensificado mucho en los últimos años. Se genera un negocio de la pobreza. El residuo no está por fuera de la economía en la valorización capitalista, si no que está incluido como tal: ONG, financiamientos, líneas de crédito, microcréditos usureros. No tienen que ver con el desempleo sino con el empleo de ese residuo. Controlar el deudor colectivo es otra manera de controlar el tiempo.

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APU: ¿Existen futurabilidades o futurizaciones utópicas dentro de este presente donde se palpa la corrupción en las diferentes capas sociales, pero ¿es desde esos mismos lugares que se exige transparencia?

EG: A ver, experimentemos un poco, si bien no tengo una respuesta trabajemos con ciertas intuiciones de por dónde viene la cosa. Hay que aprender a no indignarnos con ciertas presencias. Usemos como ejemplo a (Javier) Milei: el mundo que quiere es horrible, no sólo es más o menos viable sino absolutamente repugnante. Yo creo que uno de los desafíos es encontrar en Milei lo que no es Milei y apostar a abrir eso. La otra posibilidad es la guerra, no digo que haya que eliminar la figura del enemigo. Pero encontrar componentes en esas futurizaciones que me permitan torsionar en otro sentido, encontrar en esas imágenes el hilo del cual podamos tirar para desarmar esos cuadros. Intento hacer eso porque la otra figura, la de la polarización total, me parece que no nos está sirviendo. Volviendo a Milei. El le habla a un monotributista que está agobiado de pagar impuestos, no le habla al financista salido del Di Tella. Y el tipo dice voy a votar a quién me diga que no tengo que tributar más. Hay una lectura fina de a quién le habla en una economía tan informal como la argentina. No hace falta ser millonario para no querer pagar impuestos, a veces es suficiente con ser muy pobre. Qué te plantean: un mundo donde no se paga impuestos, esa fantasía. Bueno, hay que encontrar qué sería interesante de repensar lo impositivo, de a dónde va, etc. No solamente la necesaria confrontación, creo que quedó claro que eso sólo no alcanza. Macri no me va a conmover nunca con su discurso, pero qué importa lo que me diga a mí, yo tengo que entender a quién le está hablando. Es volver a repensar lo que decíamos al principio: de qué hablamos cuando hablamos de futuro. El kirchnerismo, en parte, había clausurado ese debate porque parecía que estaba claro de qué hablábamos cuando lo hacía desde un discurso de la reparación, donde lo reparado volvía a tener su forma anterior a la destrucción. Como que no hacía falta discutir hacia dónde estábamos yendo. Cambiemos se apropió de ese discurso para vaciarlo inmediatamente y convertirlo en este desierto en que estamos metidos. Y la discusión vuelve a aparecer de una forma interesante porque va a tener que incorporar variables que no estaban en ninguno de los dos esquemas anteriores, algunas más urgentes como el desempleo, el hambre y otras más necesarias como el modelo energético, el monocultivo, el posicionamiento en el mapa continental y mundial, los cuáles podrían exorcizar algo de lo urgente. Sería interesante que las fuerzas con aspiraciones presidenciales no agoten su campaña en lo urgente y puedan hacer lugar a debates más estructurales, como la moneda, para minimizar las posibilidades de un retorno furioso de una derecha casi genocida.

 

APU: Eso me hace pensar en el ejemplo de las Madres de Plaza de Mayo. ¿Es en el pasado, es decir, en el rescate de la memoria, desde donde crecen futuridades más respirables?

EG: Totalmente. Siguiendo el pensamiento de Achille Mbembé, filósofo afroamericano, todos estamos en camino de “devenir negros”, en el sentido de que las lógicas del mundo producen esclavitudes, sometimiento, desarraigos, sufrimientos en términos que universalizan la experiencia de la desigualdad racializada. El ver qué podemos sacar de todo esto te permite pensarte racializado. Pienso que las Madres hicieron algo parecido. Cabe marcar que cada vez que las mujeres atravesaron el umbral de lo doméstico para dirigirse al espacio de la política este país cambia de forma. Eso está clarísimo en los últimos 40 años. Las Madres no sólo traen la memoria de la condición de víctimas de sus hijos, sino que reponen sus proyectos, etc. Que es la larga lucha de los Derechos Humanos en Argentina. Hay que aprovechar todo ese trabajo increíble que hacen, y aquí voy a decir algo que puede sonar polémico, no sólo para levantar esas banderas sino ponerlas en cuestión. Poder discutir esos proyectos que esa generación tuvo. Tener la valentía de hacerlo y no creer que porque se los discute se regala los muertos al enemigo. Qué hacer con eso que se quiso. Lo que yo aprendí de las Madres es abrir esos proyectos con la decisión de cuestionar lo que haya que cuestionar, de aprovechar lo que puede seguir sirviendo políticamente… Deleuze dice algo que para mí es muy tranquilizador: no se le puede pedir todo a cada experiencia. Una de las operaciones posibles sobre esos proyectos es discutirlos, históricamente y ahora, entre generaciones, y rearmar ese diálogo. Porque me pregunto si queremos un mundo que se repite eternamente a si mismo en una hipotética forma de la justicia. ¿Es eso deseable? A parte de si es viable o no. Es decir, no dejar las cosas como están, sino buscarle una especie de actualización. Ahí hay un desafío de articular futurabilidad con futurizaciones en nuevos términos. Y me sucede que eso me obliga a estar muy atento a lo que aparece, a lo que emerge, y preguntarme de qué manera eso que aparece enriquece y reformula lo que yo quería. Porque a lo mejor aparecen cosas que son mejores a lo que yo quería.

 

APU: Cuando decías esto último pensé en el feminismo.

EG: Hay dos cosas que me flashean del feminismo. Una es la concepción del trabajo al estilo de Silvia Federici, cuando dice que una cosa es lo que el capital dice que es trabajo, otra cosa es lo que la izquierda dice que es trabajo, y otra cosa es el trabajo. La desalarización de la noción de trabajo para mí es genial porque te permite pensar que lo que produce valor es mucho más de lo que el capital y la izquierda tradicional reconocen como tal. Me parece que en estas condiciones las categorías de trabajo se solapan cada vez más con la de condición humana. Y la otra nace de una frase que me gusta mucho que es “el futuro es feminista” porque parte, al menos a mí me ha hecho pensarlo desde la multiplicidad de perspectivas feministas que hay, de esa especie de idea de que las relaciones de poder son relaciones sobre las cuales hay que trabajar permanentemente. No hay ninguna garantía institucional, ideológica, utópica, que garantice que en un momento el poder va a alcanzar una estabilidad tal que ya no será necesario protegernos de las desigualdades. El imperativo de que no hay figura final de la justicia. Eso es lo que me transmite. En otro lugar que he encontrado esa noción de justicia es en el zapatismo. No por nada hoy en día está conducido por las mujeres, de la cual sobresale la figura de Ramona. Ahí también hay un desplazamiento. Hay otras cuestiones que me atraen del feminismo porque tampoco me siento tan autorizado a hablar, pero la cuestión de qué es trabajo, qué es valor y cómo empalma eso con un vínculo con la futuridad no monopolizada por una futurización fija me parece determinante.

 

APU: Se me vinieron a la cabeza los versos de Gabriel Celaya y se me ocurrió pensar que tanto la poesía como el trabajo, o la poesía como trabajo son un arma cargada de futuridad.

EG: Por supuesto. Cuando Paco Ibáñez lo canta sigue respondiendo a una idea de la poesía militante. Por eso el arma, por eso el futuro. El compromiso del poeta, la idea de que alguien se compromete con otra cosa, que es más importante. La relación entre la poética y la futuridad me parece clave. Hay que construir unas poéticas singulares para la noción de futuro que yo trato de plantear. Me pregunto de qué manera hablo en esta lengua. Cómo se habla la lengua en un vínculo con la futuridad en estos términos. La verdad es que no lo sé, pero sí sé que la pregunta es poética.

 

Publicado el Domingo, 10 Marzo 2019 11:10 Escrito por

Hoy es el día de la mujer, muchos salen a saludar por las redes sociales llenando de premisas y halagos colgados de la moda que recién hace muy poco y después de tantos hechos lamentables ocurridos se instituyó finalmente "Ni una menos".

Pero debemos recordar que en Tilisarao, este humilde periodista le pegó un zamarrón a la hipocresía cuando un degenerado cheto pudiente, boludo importante y gorila perimido, acosaba a su sobrina que terminó colgándose en un galpón céntrico de nuestra localidad.

Este humilde periodista, hombre simple conocía que el silencio se fundaba en el temor a la represalia del poder de sangre azul.

Tanto que una carta documento no tardó en llegar... un abogado otrora temerario diputado nacional radical unido en empresa de oscuros derechos pretendía amilanar mi informe, doblar mi posición, avergonzarme para que la verdad que ganaba la conciencia de mis oyentes se confundiera con las inmundas costumbres de imponer sus cabronadas de que la justicia es de torcidos y no de derechos.

Muchos de esos abominables personajes suelen además dar clases de moral o por lo menos jurídicas y sus cómplices disertan sobre la bondades del guano de toros de exposición.
La cosificación de la mujer por la camioneta, la suciedad rural, por el cargo y de última por la fuerza...

Algún día llegará donde sean más los hombres que conciban a la mujer como poesía y aunque esta le devuelva sinsabores, cada alusión a ellas sean siempre caricias que se les brinda con pétalos de una rosa.

Porque tenemos madre, biológica o no, ella nos acunó para que crezcamos con esa referencia incuestionable de defensa que nos brindó, debemos actuar en consecuencia.

Publicado el Viernes, 08 Marzo 2019 10:42 Escrito por

Una recopilación de artículos para reflexionar y tratar de superar la instancia de las felicitaciones que enviamos/reciben por face o whatsapp. Con base en la Agencia Paco Urondo, con mirada crítica y militante hacia el 8 de marzo. Los logros del colectivo y los desafíos a futuro; la dimensión política del movimiento, la relación con los medios masivos, la relación con y el rol de los varones en sus movidas, la estrategia y planificación de las luchas que se avecinan, las medidas a reclamar para poner freno a la epidemia de femicidios.

Es oportuno recordar en esta fecha que durante 2018 al menos 156 chicos quedaron huérfanos. El trágico recuento lo realizó el Observatorio de Defensor del Pueblo de la Nación. La mayoría de los casos se registraron en Buenos Aires.

Las cifras de la violencia de género en la Argentina alarman. Según el último informe del Observatorio de Femicidios del Defensor del Pueblo de la Nación, durante el 2018 se registraron 281 casos. Entre ellos, 29 fueron vinculados -es decir, personas cercanas a las víctimas que también fueron asesinadas- y hubo seis travesticidios. Para este relevamiento, el organismo analizó medios gráficos y digitales, tanto de alcance nacional como provincial. Y, a su vez, cruzó información entre las comisarías, fiscalías y juzgados a cargo de cada una de las causas.

Con respecto a la edad de las víctimas, la mayoría (el 31,7%) tenía entre 31 a 50 años. El 28,8% tenía entre 19 y 30 años, y el 21% más de 50 años. Uno de los puntos más estremecedores es que el 17,4% eran niñas y adolescentes: 27 de ellas no llegaban a los 12 años.

Otro de los ejes analizados fueron las víctimas colaterales. El documento del observatorio señaló que al menos 156 niños quedaron huérfanos. Y muchos fueron testigos del propio femicidio de su madre. Además, el informe apuntó que ocho de las mujeres asesinadas estaban embarazadas.

Sobre los lugares en donde ocurrieron los crímenes, el documento recalcó que la gran mayoría se produjo en el entorno familiar, ya sea en la propia casa de la víctima como en el domicilio que compartía con el femicida. Aunque también señalaron que hubo 31 casos en la vía pública, cinco en el trabajo de la mujer y seis en un arroyo o desagüe.

Con una amplia diferencia con respecto a otras modalidades, la gran parte de los femicidios (78) fueron por el uso de armas de fuego. A su vez, se detectaron muchos casos en donde las víctimas fueron apuñaladas, golpeadas y estranguladas. Además, aumentaron los escenarios en donde la mujer fue prendida fuego.

Sin feminismo popular no hay justicia social

A un año del primer dossier sobre feminismos populares, nos permitimos reflexionar sobre las discusiones que habilitó esta noción y los desafíos del movimiento feminista para la madre de las batallas: ¿Hay 2019?


Las pibas del Astillero

Entrevista a Paula Gómez y Alicia Britez, fundadoras de Juana Azurduy, una agrupació feminista en el corazón del astillero Río Santiago.


"Para poder ganar vamos a tener que ganar con nosotras adentro"

Así lo indicó Laura Sotelo en diálogo con Agencia Paco Urondo. “Cuando todo se desmorona, poner en valor lo que sostiene el mundo puede volver a construir ésta posibilidad de que nos encontremos en la trama colectiva”, aseguró la secretaria de géneros de ATE Capital. 


Paula Belloni: “En los últimos 3 años las desigualdades laborales entre mujeres y varones se han profundizado producto de la caída de la actividad”

De cara al próximo 8 de marzo, la Agencia Paco Urondo dialogó la coordinadora del Instituto para El Desarrollo Económico y Social de Buenos Aires (IDESBA) que corresponde a la CTA Stella Maldonado.


"Los medios hegemónicos no cubrieron el juicio por el femicidio de mi madre"

Agencia Paco Urondo dialogó con Javier Fagetti tras conocerse la condena a cadena perpetua en el juicio del femicidio de su madre Marta Elsa Sosa, en la ciudad de Córdoba.


“Construir legitimidad y consenso en la sociedad es construir poder popular”

Las mujeres rurales cumplen un rol clave en el sostén de las economías productivas. En 2017, las trabajadoras de la Unión de los Trabajadores de la Tierra (UTT) formaron la Secretaria de Género. Rosalía Pellegrini Holzman, coordinadora de la Secretaría de Género de la UTT, reflexionó sobre el rol del Estado, el impacto de las políticas neoliberales y el horizonte de los feminismos populares campesinos.  


"Estamos poniendo una idea de vida en juego distinta a la del neoliberalismo"  

Primera parte de una extensa entrevista a María Pía López (socióloga, escritora y militante feminista) a partir de su último libro Apuntes para las Militancias. Feminismos: promesas y combates."Tiendo a creer que para los feminismos populares en este momento es imprescindible afirmar su carácter autónomo".


Las dos luchas del feminismo

“Es imposible pensar una agenda feminista sin pensar un Gobierno popular”. Por Ludmila Sueiro y José Cornejo.


Nosotras paramos

Comunicado de la Red de comunicadoras de Bahía Blanca de cara al 8M.

Publicado el Viernes, 08 Marzo 2019 09:36 Escrito por

Los mediterráneos sanluiseños no tenemos la misma relación con los uruguayos que los porteños o los entrerrianos, por ejemplo. Esto nos complica la decodificación de chistes costumbristas que se apoyan en las particularidades de los naturales del "paisito". 

En mi caso, además de mi afecto y admiración por el músico uruguayo-mercedino Checho De Batista, siempre me causó curiosidad la inclusión del apelativo "bo" en la utilización de la segunda persona. La duda se presenta en que el "boludo" es un giro típicamente argentino; por lo que ese "bo" no podría ser su apócope.

Al mirar más de cerca los modismos uruguayos encontramos el término "botija" para referirse a los chicos. Y ahí se explica el "bo" como forma abreviada de ese botija, intercalada en las conversiones y entre mate y mate que invariablemente se encuentra en las manos y las charlas de Montevideo, Colonia y Tacuarembó.

Resuelto este medular interrogante, leemos al gran Pedro Saborido, que acaba de editar su libro Una Historia del Peronismo. De ahí compartimos unos párrafos que se agrupan bajo el titulo

MAIL DE UN URUGUAYO A OTRO

Pedro Saborido

Querido Wilson:

Te cuento que estuve en Colonia.

Fui a hacer un curso que se llama «Sea uruguayo y entienda al peronismo», que es un curso para que nosotros podamos entender al peronismo, ¿sacás?

Me anoté porque cuando en Punta del Este me encuentro con un peronista y me explica el peronismo, entiendo una cosa.

Pero resulta que después voy a Buenos Aires, me encuentro con otro peronista y me explica otra cosa.

O en realidad los dos me explican lo mismo, y la diferencia está en el peronista que me explica, y entonces parecen dos cosas distintas.

¿Me explico, bo?

Cuestión que me fui a Colonia.

El curso se hizo en el Club Plaza Colonia.

Entramos y nos invitaron a pasar a la cancha de básquetbol.

Y ahí, de pronto, veo como una gran máquina del tamaño de cuatro containers.

Dos pegados abajo y dos pegados arriba.

¿Te haces una idea?

Imaginate un container al lado de otro.

Y ahora imaginate dos, uno al lado del otro, pero arriba.

Era así, bo.

Como un Ultratón gigante.

Se le veían también unos engranajes que movían unas grúas de cuatro metros de alto, que parece que movían cosas adentro del container.

Abajo, en la punta y en el medio había una puerta.

Arriba de la puerta, un cartel que decía «Máquina procesadora de uruguayos para hacerlos peronistas».

Ese cartel me preocupó, bo.

Había una especie de azafata en la puerta.

Tenía una credencial que decía «Compañera Mirna».

—Hola, Mirna, bo —le dije

—Compañera Mirna —me corrigió sonriente.

—Hola, compañera Mirna. Bien de bien.

Veo que el cartel dice que es una máquina de hacer peronistas, pero yo no quiero hacerme peronista.

Yo quiero entenderlo nomás.

—Lo que le voy a contestar es obvio —me dijo.

Claro. Entendí que para entender al peronismo, hay que ser peronista.

Se ve que puse cara de que yo aceptaba, porque ella enseguida preguntó:

—¿Está seguro de que quiere hacerse peronista para entenderlo?

Mire que parece fácil y divertido, pero no es tan así.

—Soy uruguayo —le contesté con orgullo, dando a entenderlo todo.

La azafata peronista me abrazó emocionada.

Me acarició.

Y con ternura dijo:
—Pensaba decirle que los uruguayos son como Los Beatles.

—Ah… qué bien…

—Porque son un invento de los ingleses.

-Es un chiste.

-Como invitarlo a Buenos Aires así conoce lo que es un subte.

O decirle que yo entiendo al uruguayo, porque en una época viví en un monoambiente.

-Pero no haré esas bromas.

Veo que es un uruguayo orgulloso de su uruguayidad.

—Salado.

—Nosotros sabemos que ustedes nos odian. Pero nosotros los queremos igual.

Hasta con eso se creen superiores, bo. Muy pillada la tipa.

La azafata dejó pasar el comentario y me invitó a entrar.

—Vamos. Ingrese. Usted va a ser un uruguayo que entiende al peronismo además de ser un excelente peronista orgulloso de Artigas.

—Impecable —dije.

—Pase —me dijo Mirna

—Sí, pase —me dijo otra azafata con una credencial que decía «Compañera Nicole».

Esta no me gustó tanto.

Entré a la máquina.

Lo que ocurrió adentro fue muy imponente, bo.

Aunque me acuerdo muy poco.

Creo que al principio unos tipos nos sacaron la ropa y nos dejaron desnudos.

Y nos obligaron a comer polenta cruda.

Seguro que pasaron solo unos minutos. Pero parecían años.

Años en los cuales no teníamos para comer, trabajábamos sin día libre y un montón de señoras y señores gordos pasaban y nos miraban con asco.

La máquina funcionaba muy bien, porque realmente me sentí una mierda humana, bo.

Estaba en la hoja.

De pronto apareció una gran luz.

Algo de calma y esperanza daba esa luz.

Sobre todo porque dentro de la luminosidad aparecía una mujer rubia, de rodete.

Era Evita.

Al mismo tiempo, empezaron a aparecer mujeres reales, también rubias y de rodete.

Cada una de las mujeres te daba algo.
Ropa.
Comida.
Juguetes.
Libros.

Ya me sentía bien. Me sentía feliz.

Entonces, ahí, baja un gancho desde el techo.

Me engancha por atrás, como del forro del culo. Y me eleva.

Iba subiendo como entre nubes que no sé si eran de espumaplast (telgopor) o de polifón (gomaespuma).

Imponentes, bo. Muy lindas, bo.

Daban una sensación de estar subiendo a un paisaje hermoso.

Sí. Era una gran pradera.

Entonces apareció un hada minúscula, una especie de Campanita de Peter Pan.

Pero esta tenía, de nuevo, la cara de Evita.

Y al lado había un pequeño hado, con una remerita que decía «Hola, soy Jamandreu.

Puedes decirme Paco».

Ambos me señalaron una casita.

—Ese chalecito californiano es tuyo —me dijo el hada.

La grúa otra vez me elevó y me metió en la casa.

Adentro había un gran asado.

Un montón de hombres y mujeres con mameluco cantaban y reían.

Por la ventana se asomó un gran cerdo.

—Hola. Soy el Patrón Cerdo Burgués. Vengo a pedirles que no festejen tanto.

—No nos moleste —le dijo una mujer—, estamos divirtiéndonos
y disfrutando de la vida con el 50 por ciento del PBI que nos toca.

—¡Claro! Y mañana van a hacer huelga para obtener más, ¿no?

—Agradezca que es así.

La tercera posición le perdona la vida.

Agradezca que no viene el comunismo y le saca todo, burgués explotador.

—Yo no tengo problemas, si quieren me hago cargo —dice un Lenin de goma que aparece al lado del cerdo.

—¿Y qué tal si hablan conmigo? —dice un Bruce Willis, también de goma, que levanta una bandera de Estados Unidos.

Muchos de los peronistas se dan vuelta y agachándose les muestran los glúteos.

Otros se ponen la mano en la entrepierna ofreciendo burlonamente sus genitales.

—¡Tomen de acá, imperialistas de uno y otro lado del arco ideológico! —les gritan entre risas.

Todo era alegría y felicidad.

Luego, el guinche me volvió a elevar y yo pude ver desde arriba tres generaciones de mi descendencia: estaban bien, con salud y trabajo.

Y entonces sonreí.

Y me sentí peronista.

El guinche me bajó.

Y salí de la máquina.

Ahí en la cancha de básquetbol, me encuentro con Nelson, otro uruguayo.

Le cuento que gracias a lo que vi y sentí, me hice peronista.

Él me dijo que también vio lo mismo. Que la pasó muy bien.

Pero que no sentía que tenía que hacerse peronista.

Y mucho menos agradecerle algo.

Es más: que le parecía demasiado lo que daba.

Que no había que recibir tanto sin tanto esfuerzo.

E incluso, en el caso de él mismo, eso que recibía era menos de lo que merecía.

Y que le daban a los bichicomes (vagos o cirujas) y todo eso.

Increíble: apenas me hice peronista y ya me encontré con uno que recién se había hecho gorila.

Se ve que la misma máquina que hace peronistas también hace gorilas.

Según a quién agarre, claro.

De pronto, se escucharon tiros.

—¡La cana! ¡La cana! —gritaron algunos.

La Guardia de Infantería entró al club y empezó a los palazos.
Gases, caos, balas de goma.

—¿Usted es peronista? —me preguntó un cana; y antes de que le contestara me pegó un bastonazo en la boca.

Vi cómo se llevaban a Mirna, una de las azafatas de la puerta de la máquina.

Pero también vi a la otra, a Nicole.

—¡Ese! ¡Ese también es peronista! —gritaba Nicole marcando gente en medio del desbande.

Como pude me puse al costado.

No entendí por qué, si estábamos en Colonia, Uruguay, había entrado la Guardia de Infantería de Argentina.

—Muy simple —me dijo un peronista mientras arrancaba una puerta para hacer una barricada—. Esto es parte del curso.

—¡No! ¡Yo recién salí de la máquina de hacer peronistas!

—No crea. De una máquina de hacer peronistas nunca se sale.

Así que, Wilson, ligué unos cuantos palazos más y después, como pude, me fui a Montevideo.

Ahora estoy bien.

Con la patrona y los gurises.

También me compré un loro para enseñarle a gritar «¡Viva Perón!»

Por supuesto aprendió y dice «¡Viva Perón, que no ni no!», porque es un loro uruguayo.

Nos vemos el martes para ir al puerto y disfrutar de una pamplona, un choto y un medio y medio y escuchar discos de Jaime Roos, Rada y Fattoruso.

Imponente.

Me voy a poner los championes.

 

Nota: Wilson. Por ahí ves que exagero un poco mi escritura uruguaya. Lo hago conscientemente para no dejar ni por un momento de ser uruguayo, ahora que soy peronista, bo. Salado.

Publicado el Martes, 05 Marzo 2019 13:28 Escrito por
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