Sábado, 24 Agosto 2019

"La memoria es un tesoro que la derecha devaluó por necesidad, apostando al país amnésico".

Esta aseveración que Gustavo Campana, el gran periodista, investigador, historiador, manifiesta en más de una oportunidad en la columna de radio que acompaña a este artículo, se complementa con el relato de los acontecimientos suecos del 23 de agosto de 1973. Ese día Jan Olsson ingresó a un banco de la capital sueca con intensión de robarlo.

Las cosas, como siempre, se salieron de cauce. El ladrón, un secuaz que hizo traer de la cárcel y con cuatro rehenes se encerraron en una de las bóvedas del banco durante seis días. Los últimos cuatro limitados a un espacio reducido, después de que unos agentes lograran colarse en la entidad para aislarlos. Rehenes y secuestradores jugaron a las cartas y al "tatetí" y entablaron lazos afectivos que pronto quedaron de manifiesto. En las conversaciones telefónicas mantenidas durante el cautiverio con el primer ministro sueco, Olof Palme, Kristin Enmark, de 23 años, que ejercía de portavoz de los rehenes, tomó claramente partido por "Janne" Olsson frente a la policía.

En el archivo, están guardados todos los secretos del presente y el futuro. Palabras que anunciaron lo que iba a suceder por tercera vez en poco más de 40 años, si el neoliberalismo regresaba con el mismo manual de estilo. Editoriales escritos, a través de una correcta lectura del pasado... 

Gustavo Campana (Visión Nacional, Radio Nacional - Domingo 1 de noviembre de 2015).

Editorial que analiza los votos que recibió Macri, en la primera vuelta electoral: 

 

Publicado el Lunes, 12 Noviembre 2018 07:44 Escrito por

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Publicado el Martes, 06 Noviembre 2018 17:01 Escrito por

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El Diego toma, más que nada, malas decisiones. Hace las cosas mal el Diego, se mete en problemas...

El problema con el Diego es que el tipo es Maradona.

Negando la paternidad (como alguna vez hizo Scioli), evadiendo impuestos como Messi, o siendo amigo del turco como Charly (por citar 3 que he bancado), sigue siendo Maradona.

Metiéndose medio PBI de Italia por la napia, o escrachado por las revistas con foto en bolas, no deja de ser Maradona.

Es más: es más Maradona. Porque no es el signo del Diego ser coherente, sino equivocarse, toda la vida (y aprender, y pedir disculpas, y explicar que la pelota no se mancha).

Del turco a Fidel y Chávez hay quienes ven contradicción y quienes vemos aprendizaje.

Pero hay una explicación, además del amor, que es ciego (y/o puede ver, pero todo lo perdona) que me hace hincha de por vida del Diego: cómo dijera Jorge Rivas, lo que más me entusiasma de él son sus enemigos.

No sólo su odio por los ingleses, su desprecio por los norteamericanos, su enfrentamiento con delincuentes todopoderosos como la FIFA o el Papa, ante los que no se calló ni cuando cayó.

Es más que eso, los pequeños enemigos de cabotaje, que apenas disfrazan su racismo y le critican al villero lo que perdonan en cualquier otro.

Los hipócritas que le dicen "drogadicto y maleducado" y aplauden al drogadicto maleducado de Lanata.

Esos tilingos que vivaron aliviados la coronación de la rubia reina Máxima de la Shell, porque no daban más de odio de que el símbolo AR en el mundo sea un villa, falopa, negro que baila, gordo que transpira.

En fin, de amores y odios está hecho el sentimiento maradoniano.

Yo lo quiero al Diego por quienes lo quieren y lo quiero otra vez por quiénes lo odian.

El resto no lo puedo explicar. O sí: para mí, el Diego es Maradona.

Publicado el Miércoles, 31 Octubre 2018 12:47 Escrito por

Hace un tiempo le escribí a un conocido que había sido despedido de un organismo público. Tras los saludos y los intercambios de rigor, vía Messenger, me puso: “Y vos sabés que yo nunca fui kirchnerista... sino todo lo contrario”. La sensibilidad del momento detuvo mi impulso de abundar en detalles y ejemplos sobre la indiscutible veracidad de su descargo. “Me deben haber echado por ser macrista”, dijo después, para descomprimir, acompañando la frase con cinco de esos emoticones que se utilizan para realzar lo desopilante.

Pero no era desopilante lo que había dicho. Era, acaso, un rapto de lucidez amarga, superadora de ese extrañamiento que acompaña a las víctimas no kirchneristas cuando reciben un mazazo del gobierno que apoyaron y/o apoyan. Ese “¿Y por qué a mí?” o “Si yo estoy a favor de que echen a los ñoquis...”, “Debe haber un error”, “Voy a hablar con fulanito y vas a ver que se arregla todo...”. Ese desconcierto del tipo que está tan groggy (quizás por un golpe de KO pero también por acumulación de pequeñas agresiones que no fue advirtiendo) que no puede reconocer al que le pegó la piña. “Me deben haber echado por ser macrista” fue la vía sarcástica para aludir a una revelación empírica, tal vez tardía: de este modelo de exclusión no se salva casi nadie (ni siquiera, y mucho menos los macristas, como se verá en las líneas que siguen). Por fuera del escudo blindado de la elite gobernante (que incluye al propio Macri, a su familia, a sus amigos, a los dueños de los medios dominantes de comunicación, a un puñado de exportadores de granos y a otro puñado de banqueros y financistas) todos los demás son, en distinto grado, víctimas. Difieren, básicamente, en la identificación del victimario. 

Publicado el Domingo, 21 Octubre 2018 07:38 Escrito por
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Calle Angosta | Periódico Digital. Publicación digital con artículos de interés en diversas temáticas, con selección de textos, imágenes, audios y vídeos.

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