Sábado, 24 Octubre 2020

Elogio del elogio

Publicado el Miércoles, 07 Octubre 2020 19:06 Escrito por Carlos Álvarez Teijeiro

Vivimos tiempos poco propensos al elogio, a la alabanza ajena, al reconocimiento de los méritos y virtudes de otro. Por el contrario, lo que abunda en nosotros es la crítica mordaz y agresiva, como si no hubiera apenas nada que mereciera ese reconocimiento. El elogio no solo es edificante –y mucho- en el ámbito de las relaciones interpersonales, lo es también en el incierto espacio de lo público, donde opera con la modesta presunción de que hay otras opiniones que deben ser tenidas en cuenta (además de la nuestra).

Esta forma de estima de las opiniones ajenas nos pone sobre la pista de que es la liberalidad el modo de conducir los asuntos humanos, no el egoísmo moral ni la soberbia intelectual, de los que no cabe esperar elogio alguno. La conciencia humilde de nuestra limitación existencial quizás nos lleve a pensar que no somos dueños de la verdad y que hay otros puntos de vista dignos de encomio y que deben ser tenidos en cuenta.

El egoísta nunca elogia; el soberbio tampoco. El primero, porque es incapaz de ver más allá de la punta de sus zapatos. El segundo, por creerse custodio único de un saber que no está llamado a ser compartido, puesto en co-
mún. Esta incapacidad radical de poner en común es fuente de tantas incomprensiones pero, sobre todo, causa de tanta falta de elogio: al poner en común nos vemos, nos reconocemos como tales en un espacio social compartido y solo de esa visión puede surgir la apreciación del otro que lleva al elogio, al considerarlo digno de aprecio.

Este aprecio o estima es el fundamento del elogio, su entraña misma, aquello de lo que está hecho. Al elogiar apreciamos o estimamos, generalmente a alguien, por sus méritos y virtudes. Y aunque ciertamente la alabanza no es un derecho del que la merece, sí es una obligación de quien advierte el mérito.

Alabar es siempre dar de más al otro, al destinatario del elogio. No es una cuestión de justicia o, si se prefiere verlo así, es un exceso justo.

En ese sentido preciso, y solo en ese sentido, cabe afirmar que todo elogio es excesivo. No hay así elogios desmedidos por oposición a otros que no lo son: todo elogio es una desmesura, tiene algo de fiesta, de celebración de aquello que se alaba, ya sea el eximio artista o la pequeña opinión de un contertulio en la mesa
del café.

El elogio resulta siempre excedentario, superavitario con respecto al sujeto de su estima, lo desborda en la forma del agradecimiento. Este agradecimiento se inicia en la perspectiva de ser absoluto. Cuanto elogiamos, lo elogiamos absolutamente y suspendemos por el momento cualquier otro pensamiento o sentimiento que no sea el de alabanza.
Esta suspensión “por el momento” es decisiva en el elogio. Todo elogio es temporal, esto es, provisional. No elogiamos de una vez y para siempre sino de una vez y para ahora. Precisamente por eso el elogio, aun siendo excesivo, es también humilde, consciente por completo de la fragilidad, de la falibilidad de los elogiados.

La revocación del elogio, sin embargo, no se cumple en la forma de la crítica acerada, sino en virtud de la piedad y la ternura. Quien ya no es digno de elogio, pero lo ha sido, merece que cubramos piadosamente su cuerpo desnudo como hicieron los hijos de Noé con su padre. Es una forma tierna de reconocer (y rememorar) su
valía aun cuando ésta se haya vuelto escasa de sí misma.

En una sociedad tan competitiva como la nuestra todos andamos necesitados de elogios pero, más propiamente, andamos precisados de prodigar alabanzas a aquellos semejantes que las merecen.

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