Martes, 23 Julio 2019

Juan, Juan Carlos, “el Canca”: el pibe de Cachimayo y Cobo

Publicado el Martes, 07 Mayo 2019 18:31 Escrito por Hugo Perez Navarro

“Su nombre me llegó como un tumulto…”

Alfredo Carlino

UNO. Tres causas confluían en gran parte de los pibes y pibas que nos volcamos a la política hacia fines de los sesenta y principios de los setenta: la resistencia a la dictadura militar de la llamada “Revolución Argentina”, cuyo punto de inflexión fue el Cordobazo; el ejemplo del Che, caído en el 67 y, entre los peronistas, la imperiosa necesidad de traer a Perón de vuelta a la Patria, después de casi 18 años de exilio y proscripción.

Quienes militábamos en algunos de los frentes de lo que terminaría siendo “la JP de las Regionales” –más ampliamente “la tendencia”–, percibíamos que el nombre de Dante Gullo era el de un personajón, a quien podíamos ver como referente político y generacional, más que como lo que efectivamente ya entonces era: un personaje de la política nacional. Veíamos a este tipo un poco más grande que nosotros en publicaciones militantes, en El Descamisado y otras, en los diarios, en la tele, hablando en actos, reuniéndose con las cabezas todos los sectores nacionales, con dirigentes de partidos políticos, con los compañeros de la mesa nacional de la Juventud Peronista de las Regionales y… ¡con Perón! Por consiguiente, teníamos sobre él –y cómo no–, la certeza de que era un grosso.

DOS. Hacia 1979, me encontraba en la U9 La Plata, cuando un importante número de compañeros fuimos trasladados desde el pabellón 13 al 4, donde hasta hacía poco habían estado alojados los compañeros de mayor jerarquía (o nivel orgánico): los “pesados” o “los jefes”. Algunos bromeaban diciendo “nos ascendieron”, lo cual, aunque era una tontera, no dejaba de preocuparnos, puesto que nuestro nuevo lugar de residencia había sido uno de los “pabellones de la muerte”.  Lo cierto es que de pronto empezaron a llegar algunos de los que Pascual Reyes llamaba con ironía “bronces”, entre los que brillaban Nívoli, Crea, Kunkel y Gullo,  presencias que provocaron un esperable revuelo en el pabellón. Supimos entonces que Gullo había encabezado un grupo de compañeros que en Sierra Chica se había mostrado muy crítico de ciertas posiciones y criterios de nuestra organización, sosteniendo en la polémica una posición enfáticamente peronista, similar a algo que habíamos vivido en el Pabellón 13 de la misma U 9, bajo la inspirada conducción del recordado Luis el Ñato Iglesias. Nívoli vino con nosotros al mismo piso de la hoy felizmente demolida cárcel de Caseros, adonde fuimos trasladados. Allí supo diluir las contradicciones internas y propendió un clima de cordial convivencia.  Años después nos cruzamos con él un par de veces cerca del CONICET, donde Nívoli trabajaba. A Kunkel solía encontrarlo hasta hace unos años entre el Congreso y el INCAA. A Gullo volví a verlo entre 1987/88.

TRES. Trabajaba entonces como creativo en una agencia de publicidad mediana de Capital, cuando recibí un llamado del presidente de la Lotería de La Rioja. Se trataba del riojano Carlitos Illánez, un muy buen compañero y finísimo jugador de fútbol, con quien compartimos varios meses en la U9 de La Plata entre 1981 y fines de 1982,  en la época de “afloje” de la violencia militar sobre nosotros. Nos reunimos en Callao y Corrientes, cerca de la Casa de La Rioja, y allí me explicó que debía regresar de inmediato a su provincia y me pidió que me reuniera con “el Canca” Gullo y acordara con él un par de cuestiones de mutuo interés para ambos.

Así llegué al cuarto piso de Viamonte y Montevideo, donde me encontré con otro compañero a quien también conocía de La Plata, el misionero Ricardo “Pelito” Escobar, con quien no habíamos tenido el mismo acercamiento, puesto que nuestras miradas del accionar del macro espacio al que pertenecimos no coincidían, y ello determinaba distintos enfoques sobre la realidad política de entonces.

En esa oportunidad, nos pusimos a conversar muy amablemente, notando que recién estábamos empezando a conocernos y que iban apareciendo muchísimos temas en común, tanto profesionales como políticos y aún personales. Me comentó que compartía con Gullo una empresa de publicidad en vía pública y una agencia de publicidad, esta última, poco desarrollada. De modo que tras la reunión por la que había ido, volví a conversar varias veces con los dos, y empecé a hacerles trabajos free-lance hasta que un día Pelito me propuso que me fuera a trabajar con ellos como director creativo de la agencia, donde había un diseñador con una enorme experiencia y una calidad humana extraordinaria: Rubén Morales, quien tiempo después se recibiría de psicólogo social en la Escuela de Alfredo Moffat. La remuneración que se me ofreció era menor a la que venía cobrando, pero había muchísimas cosas que podían hacerse. Y era una agencia de compañeros.

Además de haber consolidado un equipo creativo sólido y de muy buen nivel, conseguimos responder con creatividad y eficacia comunicacional a los clientes de la agencia, entre los que se destacaba Becov, una agencia cautiva del Grupo Credicoop, el sindicato de trabajadores de la DGI, el de visitadores médicos y varios otros, antes de la incorporación de la Secretaría de Turismo de Misiones.

La oficina de Gullo (Juan Carlos o Juan, como le decíamos todos) estaba sobre la esquina del piso y daba a ambas calles y a la ochava con balcón. Usualmente, solía llegar por la tarde, se ponía al día con los números y se reunía con su socio o conmigo o con ambos. Después, y hasta que empezaba el desfile de personas y personajes que a diario lo visitaban, pedía un equipo de mate y nos poníamos a conversar, de lo que estaba en marcha o en proyecto y de lo que se podría hacer, siempre con el ojo puesto en la política. Y también hablábamos de otras cosas.

Siempre me asombró su lucidez para el análisis político, los movimientos posibles o esperables de los distintos actores y sectores y la necesidad de consolidar un espacio peronista que se hiciera fuerte por encima de las diferencias. Esto implica, ciertamente, que nunca se tragó el “peronismo” menemista. En realidad, nadie lo hizo y todos estaban convencidos de que representaban una farsa macabra. Es muy cierto que solía equivocarse, como le ocurrió con un estudio que hicimos sobre el comportamiento del electorado de Capital, pero aun en esos casos, era notable su capacidad para argumentar y convencer, incluso a aquellos que no estaban del todo convencidos.

Esta capacidad para acordar, para arrimar voluntades, contrastaba fuertemente con momentos en los que llegaba ofuscado o fácilmente irritable y terminaba discutiendo con cualquiera por cuestiones fútiles. Nunca lo vi discutir con Escobar. Y aunque tuve con él algunas contradicciones y volaron los gritos, siempre sobraron los argumentos y nunca faltó el respeto. Y en el espejo, estaba la actitud de dialogar, de tejer, de componer, de construir, de acordar. Lo suyo, acaso lo esencial, siempre fue tratar de unir, de reunir, de concentrar, de valorar a los compañeros que se iban sumando y de rescatar a aquellos alejados del centro de la escena política, a los que invariablemente les reconocía méritos que entendía que debían ser rescatados. Tal el caso de Carlino, poeta peronista.

 Producto de ese criterio de unir a todos bajo un paraguas peronista, fue el “Club del Reencuentro”, que llegó a formalizarse como asociación civil. La iniciativa confluyó con algo que desde hacía un par de años me daba  vueltas en la cabeza: la creación de una revista de política teórica para exponer nuevas ideas, propuestas, plataformas o bien para debatir, informar acerca de novedades políticas, económicas o tecnológicas de todo el mundo pero especialmente de nuestro país procurando siempre levantar el nivel del discurso lo más alto que se pudiera. Le había dado muchas vueltas al desarrollo comercial y nunca terminaba de concretarlo. Así,  cuando el “Club del Reencuentro” empezó a tomar cuerpo, se pudo desplegar la propuesta y así nació la revista “Reencuentro de los hombres, las ideas y los proyectos”.

La revista tenía formato cuasi tabloide, estaba impresa a cuatro colores y tenía dos características singulares: una, que la tapa y la contratapa abiertas eran una sola pieza y en cada ejemplar ese espacio doble llevaba una reproducción de un pintor argentino. EL número cero salió, además con una sobrecubierta de papel translúcido al pie de la tapa llevaba impreso en blanco el nombre de la revista. La otra característica era que tenía dos notas editoriales: una escrita por Juan Carlos y la otra por un editorialista invitado. Una de ellas, por ejemplo, fue firmada por Antonio Cafiero. Juan figuraba como editor y yo como director. Producirla significaba un enorme esfuerzo, pero creo que todos trabajábamos con gusto y convicción. En ese camino tuvimos la suerte de sumar la capacidad del filósofo Esteban Ierardo y el talento, la información y la extraordinaria calidad humana de Pedro Brieger.

Por esos días, en una mesa del bar Hans, situado justo frente a la oficina, y mientras esperábamos el almuerzo, surgió el logo de campaña “El orGULLO de ser peronista”. Dado el renombre fundado en hechos históricos que Gullo arrastraba consigo o la melancolía que suscitaba, también lo seguía como una estela, el afán de infinidad de personas que se le acercaban para pedirle plata o trabajo o con la idea de venderle un kiosco en  Saturno. A ello se sumaba que, con el mismo afán de reunir a todo el universo en torno a sí, cada tanto Juan sumaba a la oficina o ponía a cargo de alguna actividad insólita a uno que otro personaje más o menos friki, la gran mayoría de las cuales desaparecía tal como llegaba. Una de estas personas fue Lorena Paz, que aportó muchísimo a la revista y a la agencia, un enfoque diferente a los que podíamos sostener, aun cuando en mi caso tuviera una experiencia profesional que se sumaba a la política. Con ella produjimos, por ejemplo, un número especial de Reencuentro dedicado a “Evita en los 90”. Debimos encarar la producción de ese número en paralelo con  la de un documental titulado “Evita para todos”, que llevó un enorme esfuerzo de producción, dado que por entonces, Gullo había dado una vuelta de tuerca al Club del Reencuentro lanzando como consigna o denominación de un nuevo espacio a construir el concepto “Buenos Aires para todos”.

Este paraguas permitió que la presencia de todo ese núcleo de gente que siempre circulaba a su alrededor, que se le acercaba proponiéndole cuestiones usualmente abstractas o irrealizables (o en muchos casos, simplemente anduvieran en busca de “un mastiquín”, como solía decir), adquiriera un sentido más pleno y pudieran cobrar sentido, ordenarse, encauzarse.

Así, manteniendo el Club del Reencuentro, “Buenos Aires para todos” se constituyó en un espacio político que, de forma natural, se convirtió en la fuerza política con la que Gullo salió a disputar, en 1996,  la precandidatura a Jefe de Gobierno en la que sería la primera elección de ese cargo, tras la reforma constitucional de 1994. Su compañero de fórmula fue Pichón Quijano, sobrino de quien fuera vice-presidente de Perón en 1946, con lo que podría alucinarse fácilmente una fantasiosa extrapolación. El fotógrafo de campaña, ya integrado a la revista, fue Miguel de León, quien había sido compañero y amigo de Cabezas y fue quien organizó la primera marcha (en Mar del Plata) en reclamo por el fotógrafo asesinado por alguno de los poderes entonces operantes.

Los hombres en pugna en aquella interna eran: Jorge Domínguez, entonces intendente designado por Menem, José Pradelli, Moisés Ikonicoff y Juan Carlos Dante Gullo.  Salimos terceros cómodos, con una aplastante diferencia sobre Moisés y un vacío grande debajo de Pradelli. Domínguez quedó para ser fagocitado por De la Rúa.

Al finalizar esa campaña, con un compañero conocido también en esa campaña, intentamos desarrollar una empresa de publicidad que ni pudo arrancar, dadas las condiciones económicas de la época, demasiado semejantes a las actuales. Finalmente, presenté un proyecto en mi vieja UNRC y aproveché para terminar mi carrera, empezada allí mismo.

Estuve reunido por última vez con Gullo en 2007, en un bar cerca de Parque Rivadavia, cuando yo estaba ya trabajando en Villa Mercedes y sosteniendo el proyecto de Néstor en un espacio político en Río Cuarto. Nada era nada fácil.

CUATRO. Volví a trabajar varias veces con Pelito Escobar, quien me convocó varias veces a Posadas para ayudarlo con sus emprendimientos publicitarios y políticos y asistirlo en otras necesidades comunicacionales. Con él hemos desarrollado una cálida y fraternal amistad que valoro grandemente. No hay vez que nos reunamos o nos llamemos y no hablemos de Juan, como hace un par de días. Lo hacemos con humor y hasta con cierta socarronería, que no inhibe la valoración de su rol en los momentos difíciles, como cuando tuvo que poner la cara para organizar a la juventud y al peronismo en torno al regreso de Perón, como en los durísimos momentos en que, estando en cana, debió soportar el saber de la muerte de su mamá, secuestrada y desaparecida por la dictadura y de su hermano Jorge, caído en una de las oleadas de la “contraofensiva”.

Néstor Kirchner tuvo la sensibilidad y la grandeza de reivindicar a Gullo, haciéndole lugar en la lista de diputados nacionales, tras lo cual sería luego diputado de la Ciudad y vicepresidente primero del cuerpo legislativo porteño. Esa reivindicación, no sólo habla bien de la sensibilidad de Néstor sino de una definición político-ideológica de la que fue siempre partícipe claramente comprometido. Y eignificó para Gullo no solamente un reconocimiento institucional sino el volver a sentirse parte de algo coherente con lo que en su momento contribuyó a edificar con su nombre un buen nombre.

Seguramente tuvo conciencia de la importancia de sus responsabilidades a principios de los 70.  Pero es posible que no haya advertido que, más allá de nuestras capacidades individuales y de alguno que otro factor ligado al azar, lo que determina el “destino” de los hombres y mujeres en la vida –y muy especialmente en la política–, es saberse y sentirse parte de un movimiento o fuerza política y tener conciencia de estar situado en un momento histórico particular y en sintonía con él. Las más de las veces, los militantes y dirigentes no tienen idea de esto, siendo que de tal situación y comprensión depende lo que pueda hacerse y lo que se haga. La diferencia es justamente esa.

Más allá del afecto personal o de la cultura política que define las identidades, las sostiene y las proyecta, la evocación de Juan Carlos, Juan, el Canca, Gullo, (el pibe de Cachimayo y Cobo, bien en el sur, donde siempre vivió y se jactaba de hacerlo) nos debería ayudar a entender y a ajustarnos la cincha, especialmente en momentos como este. Especialmente cuando –como viene ocurriendo en estos días– todo parece estar muy claro en términos políticos, lo cual es bueno cuando nuestros adversarios principales (los enemigos de la Nación y del Pueblo) tienen –ellos–  problemas políticos muy serios; no obstante, como es usual, no tienen fisuras ideológicas.  Sin embargo, tal vez por ese mismo optimismo que dibuja un escenario claro en términos políticos, parece que no se percibiera la nublazón ideológica que nos circunda a los que estamos de este lado. Y que debemos disipar cuanto antes, porque la cuenta regresiva ha comenzado.

 

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