Martes, 23 Julio 2019

La máquina de convertir uruguayos en peronistas

Publicado el Martes, 05 Marzo 2019 13:28 Escrito por

Los mediterráneos sanluiseños no tenemos la misma relación con los uruguayos que los porteños o los entrerrianos, por ejemplo. Esto nos complica la decodificación de chistes costumbristas que se apoyan en las particularidades de los naturales del "paisito". 

En mi caso, además de mi afecto y admiración por el músico uruguayo-mercedino Checho De Batista, siempre me causó curiosidad la inclusión del apelativo "bo" en la utilización de la segunda persona. La duda se presenta en que el "boludo" es un giro típicamente argentino; por lo que ese "bo" no podría ser su apócope.

Al mirar más de cerca los modismos uruguayos encontramos el término "botija" para referirse a los chicos. Y ahí se explica el "bo" como forma abreviada de ese botija, intercalada en las conversiones y entre mate y mate que invariablemente se encuentra en las manos y las charlas de Montevideo, Colonia y Tacuarembó.

Resuelto este medular interrogante, leemos al gran Pedro Saborido, que acaba de editar su libro Una Historia del Peronismo. De ahí compartimos unos párrafos que se agrupan bajo el titulo

MAIL DE UN URUGUAYO A OTRO

Pedro Saborido

Querido Wilson:

Te cuento que estuve en Colonia.

Fui a hacer un curso que se llama «Sea uruguayo y entienda al peronismo», que es un curso para que nosotros podamos entender al peronismo, ¿sacás?

Me anoté porque cuando en Punta del Este me encuentro con un peronista y me explica el peronismo, entiendo una cosa.

Pero resulta que después voy a Buenos Aires, me encuentro con otro peronista y me explica otra cosa.

O en realidad los dos me explican lo mismo, y la diferencia está en el peronista que me explica, y entonces parecen dos cosas distintas.

¿Me explico, bo?

Cuestión que me fui a Colonia.

El curso se hizo en el Club Plaza Colonia.

Entramos y nos invitaron a pasar a la cancha de básquetbol.

Y ahí, de pronto, veo como una gran máquina del tamaño de cuatro containers.

Dos pegados abajo y dos pegados arriba.

¿Te haces una idea?

Imaginate un container al lado de otro.

Y ahora imaginate dos, uno al lado del otro, pero arriba.

Era así, bo.

Como un Ultratón gigante.

Se le veían también unos engranajes que movían unas grúas de cuatro metros de alto, que parece que movían cosas adentro del container.

Abajo, en la punta y en el medio había una puerta.

Arriba de la puerta, un cartel que decía «Máquina procesadora de uruguayos para hacerlos peronistas».

Ese cartel me preocupó, bo.

Había una especie de azafata en la puerta.

Tenía una credencial que decía «Compañera Mirna».

—Hola, Mirna, bo —le dije

—Compañera Mirna —me corrigió sonriente.

—Hola, compañera Mirna. Bien de bien.

Veo que el cartel dice que es una máquina de hacer peronistas, pero yo no quiero hacerme peronista.

Yo quiero entenderlo nomás.

—Lo que le voy a contestar es obvio —me dijo.

Claro. Entendí que para entender al peronismo, hay que ser peronista.

Se ve que puse cara de que yo aceptaba, porque ella enseguida preguntó:

—¿Está seguro de que quiere hacerse peronista para entenderlo?

Mire que parece fácil y divertido, pero no es tan así.

—Soy uruguayo —le contesté con orgullo, dando a entenderlo todo.

La azafata peronista me abrazó emocionada.

Me acarició.

Y con ternura dijo:
—Pensaba decirle que los uruguayos son como Los Beatles.

—Ah… qué bien…

—Porque son un invento de los ingleses.

-Es un chiste.

-Como invitarlo a Buenos Aires así conoce lo que es un subte.

O decirle que yo entiendo al uruguayo, porque en una época viví en un monoambiente.

-Pero no haré esas bromas.

Veo que es un uruguayo orgulloso de su uruguayidad.

—Salado.

—Nosotros sabemos que ustedes nos odian. Pero nosotros los queremos igual.

Hasta con eso se creen superiores, bo. Muy pillada la tipa.

La azafata dejó pasar el comentario y me invitó a entrar.

—Vamos. Ingrese. Usted va a ser un uruguayo que entiende al peronismo además de ser un excelente peronista orgulloso de Artigas.

—Impecable —dije.

—Pase —me dijo Mirna

—Sí, pase —me dijo otra azafata con una credencial que decía «Compañera Nicole».

Esta no me gustó tanto.

Entré a la máquina.

Lo que ocurrió adentro fue muy imponente, bo.

Aunque me acuerdo muy poco.

Creo que al principio unos tipos nos sacaron la ropa y nos dejaron desnudos.

Y nos obligaron a comer polenta cruda.

Seguro que pasaron solo unos minutos. Pero parecían años.

Años en los cuales no teníamos para comer, trabajábamos sin día libre y un montón de señoras y señores gordos pasaban y nos miraban con asco.

La máquina funcionaba muy bien, porque realmente me sentí una mierda humana, bo.

Estaba en la hoja.

De pronto apareció una gran luz.

Algo de calma y esperanza daba esa luz.

Sobre todo porque dentro de la luminosidad aparecía una mujer rubia, de rodete.

Era Evita.

Al mismo tiempo, empezaron a aparecer mujeres reales, también rubias y de rodete.

Cada una de las mujeres te daba algo.
Ropa.
Comida.
Juguetes.
Libros.

Ya me sentía bien. Me sentía feliz.

Entonces, ahí, baja un gancho desde el techo.

Me engancha por atrás, como del forro del culo. Y me eleva.

Iba subiendo como entre nubes que no sé si eran de espumaplast (telgopor) o de polifón (gomaespuma).

Imponentes, bo. Muy lindas, bo.

Daban una sensación de estar subiendo a un paisaje hermoso.

Sí. Era una gran pradera.

Entonces apareció un hada minúscula, una especie de Campanita de Peter Pan.

Pero esta tenía, de nuevo, la cara de Evita.

Y al lado había un pequeño hado, con una remerita que decía «Hola, soy Jamandreu.

Puedes decirme Paco».

Ambos me señalaron una casita.

—Ese chalecito californiano es tuyo —me dijo el hada.

La grúa otra vez me elevó y me metió en la casa.

Adentro había un gran asado.

Un montón de hombres y mujeres con mameluco cantaban y reían.

Por la ventana se asomó un gran cerdo.

—Hola. Soy el Patrón Cerdo Burgués. Vengo a pedirles que no festejen tanto.

—No nos moleste —le dijo una mujer—, estamos divirtiéndonos
y disfrutando de la vida con el 50 por ciento del PBI que nos toca.

—¡Claro! Y mañana van a hacer huelga para obtener más, ¿no?

—Agradezca que es así.

La tercera posición le perdona la vida.

Agradezca que no viene el comunismo y le saca todo, burgués explotador.

—Yo no tengo problemas, si quieren me hago cargo —dice un Lenin de goma que aparece al lado del cerdo.

—¿Y qué tal si hablan conmigo? —dice un Bruce Willis, también de goma, que levanta una bandera de Estados Unidos.

Muchos de los peronistas se dan vuelta y agachándose les muestran los glúteos.

Otros se ponen la mano en la entrepierna ofreciendo burlonamente sus genitales.

—¡Tomen de acá, imperialistas de uno y otro lado del arco ideológico! —les gritan entre risas.

Todo era alegría y felicidad.

Luego, el guinche me volvió a elevar y yo pude ver desde arriba tres generaciones de mi descendencia: estaban bien, con salud y trabajo.

Y entonces sonreí.

Y me sentí peronista.

El guinche me bajó.

Y salí de la máquina.

Ahí en la cancha de básquetbol, me encuentro con Nelson, otro uruguayo.

Le cuento que gracias a lo que vi y sentí, me hice peronista.

Él me dijo que también vio lo mismo. Que la pasó muy bien.

Pero que no sentía que tenía que hacerse peronista.

Y mucho menos agradecerle algo.

Es más: que le parecía demasiado lo que daba.

Que no había que recibir tanto sin tanto esfuerzo.

E incluso, en el caso de él mismo, eso que recibía era menos de lo que merecía.

Y que le daban a los bichicomes (vagos o cirujas) y todo eso.

Increíble: apenas me hice peronista y ya me encontré con uno que recién se había hecho gorila.

Se ve que la misma máquina que hace peronistas también hace gorilas.

Según a quién agarre, claro.

De pronto, se escucharon tiros.

—¡La cana! ¡La cana! —gritaron algunos.

La Guardia de Infantería entró al club y empezó a los palazos.
Gases, caos, balas de goma.

—¿Usted es peronista? —me preguntó un cana; y antes de que le contestara me pegó un bastonazo en la boca.

Vi cómo se llevaban a Mirna, una de las azafatas de la puerta de la máquina.

Pero también vi a la otra, a Nicole.

—¡Ese! ¡Ese también es peronista! —gritaba Nicole marcando gente en medio del desbande.

Como pude me puse al costado.

No entendí por qué, si estábamos en Colonia, Uruguay, había entrado la Guardia de Infantería de Argentina.

—Muy simple —me dijo un peronista mientras arrancaba una puerta para hacer una barricada—. Esto es parte del curso.

—¡No! ¡Yo recién salí de la máquina de hacer peronistas!

—No crea. De una máquina de hacer peronistas nunca se sale.

Así que, Wilson, ligué unos cuantos palazos más y después, como pude, me fui a Montevideo.

Ahora estoy bien.

Con la patrona y los gurises.

También me compré un loro para enseñarle a gritar «¡Viva Perón!»

Por supuesto aprendió y dice «¡Viva Perón, que no ni no!», porque es un loro uruguayo.

Nos vemos el martes para ir al puerto y disfrutar de una pamplona, un choto y un medio y medio y escuchar discos de Jaime Roos, Rada y Fattoruso.

Imponente.

Me voy a poner los championes.

 

Nota: Wilson. Por ahí ves que exagero un poco mi escritura uruguaya. Lo hago conscientemente para no dejar ni por un momento de ser uruguayo, ahora que soy peronista, bo. Salado.

Visto 637 veces

Artículos relacionados (por etiqueta)

Calle Angosta | Periódico Digital. Publicación digital con artículos de interés en diversas temáticas, con selección de textos, imágenes, audios y vídeos.

Newsletter

Suscríbite gratis a nuestro boletín. No te pierdas ningún artículo ni historia.

¡No enviamos SPAM!