Domingo, 09 Agosto 2020
Jueves, 09 Abril 2020 08:51

El milico que ocuparía el cargo del Dr. Ramón Carrillo, saquea su casa un día antes de asumir. Es el coronel Ernesto Alfredo Rottger. A ese coronel le corresponde la tarea de reemplazar a un brillante neurocirujano, neurobiólogo y médico sanitarista. Se le ordena la misión de “desperonizar” el sistema nacional de Salud Pública. Debajo de él, la Dirección de Asistencia Integral tiene otro incomparable objetivo: intervenir, desmantelar y disolver toda la obra de la Fundación Eva Perón. Es la Asistente Social Marta Ezcurra, fundadora de la juventud de la Acción Católica en 1931.

Marta Ezcurra ordena el día 23 de septiembre la ocupación militar de cada una de las Escuelas Hogar. Su política de shock es muy clara: retirar y destruir todos los símbolos del gobierno. Con los niños como mudos testigos, en cada uno de los patios, el fuego hace arder pilas de frazadas, sábanas, colchones, pelotas y juguetes diversos con el logo de la FEP, que los valientes soldados previamente han arrancado de sus camitas y dormitorios. Los bustos de Eva son decapitados.

Dispone la intervención inmediata de cada uno de los institutos el día 24 de septiembre. Convoca para ello, a los miembros de los “comandos civiles” (Acción Católica Argentina) quienes de inmediato comienzan a realizar la depuración de adictos a la “tiranía”. En medio de un odio demencial, ordena el desalojo inmediato de todos los niños y niñas internados en la Clínica de Recuperación Infantil Termas de Reyes, en Jujuy. La transforma en un casino para la oligarquía.

Manda tirar al río Mendoza, toda la vajilla y cristalería (importada de Finlandia y Checoslovaquia) con la que han comido los “cabecitas negras” en las unidades turísticotermales de alta montaña de Puente del Inca y Las Cuevas. Manda destruir todos los frascos de los Bancos de Sangre de los Hospitales de la Fundación porque contenían sangre “peronista”. Manda secuestrar todos los pulmotores porque tienen placas metálicas con las palabras “Fundación Eva Perón”. Ordena el asalto militar contra la Escuela de Enfermeras, y dispone su cierre definitivo.

Determina la confiscación de todos los muebles de los hospitales, hogares para niños, hogares escuelas y hogares de tránsito por ser demasiado lujosos para los ahora sin privilegios, se los llevan a sus casas los “comandos civiles”. Los camiones del ejército llegan a los edificios y depósitos de la Fundación y parten llenos. Dispone la desactivación absoluta de todos los programas de turismo social por ser “un peligroso ejemplo de demagogia populista y antidemocrática” en las Colonias de Vacaciones de Córdoba, Mar del Plata y Buenos Aires. Decide el cierre definitivo de las casi 200 proveedurías de alimentos de primera necesidad, la clausura del Plan Agrario, el Plan de Trabajo Rural y los Talleres Rodantes. Resuelve la intervención de los Hogares de Ancianos y el cierre de los Hogares de Tránsito. A pedido del Coronel Ernesto Alfredo Rottger -su Jefe y Ministro- ordena que sean expulsados a la calle todos los estudiantes de la Ciudad Estudiantil “Presidente Juan Perón”. El Coronel la necesita como centro de detención para encerrar a todos los miembros del gobierno constitucional detenidos. Allí caen las flamantes diputadas, las primorosas enfermeras, las militantes de los cien barrios porteños…

Cuando los interventores envían los primeros informes de las Escuelas Hogar, Marta Ezcurra descubre con escándalo que “la atención de los menores era suntuosa, incluso excesiva, y nada ajustada a las normas de sobriedad republicana que convenía para la formación austera de los niños. Aves y pescado se incluían en los variados menús diarios. Y en cuanto a vestuario era renovado cada seis meses”.
En San Juan un niño pobre comía 100 gramos de carne por día y 6 cucharadas de leche. En Jujuy, -por año- un niño comía 43 kilos de carne, en La Rioja 27, en Catamarca 26, y en Santiago del Estero tan sólo 19,6 Kilos. En las Escuelas Hogar Eva Perón, los niños comían carne todos los días. Marta Ezcurra cambiará el menú y el nombre de todas esas escuelas.

“Queda prohibida en todo el territorio de la Nación: las imágenes, símbolos, signos, expresiones significativas, doctrinas artículos y obras artísticas, la utilización de la fotografía retrato o escultura, el escudo y la bandera peronista, el nombre propio del presidente depuesto, el de sus parientes, dichos objetos ofenden el sentimiento democrático del pueblo Argentino y constituyen para éste una afrenta que es imprescindible borrar” (Decreto-ley 4161/56).

Martes, 07 Mayo 2019 18:45

Este 7 de mayo se cumplen 100 años del nacimiento de Eva Duarte de Perón. Para celebrar la fecha, mirá algunas de las frases de Evita y recordá su historia, que marcó a muchos argentinos.

 
Martes, 05 Marzo 2019 12:24

Una Cruz de Malta de un lado, hecha en plata, y el brillo del Escudo Nacional del otro, realizado en oro. Es la máxima condecoración que da nuestro país. Tiene grabado en el metal: Cruz La Nación Argentina al Heroico valor en Combate. Pero Oscar Ismael Poltronieri no puede leer esa leyenda: “Hice hasta cuarto grado y se me hace difícil distinguir las letras”, explica con sencillez. Fue el único conscripto que recibió esta distinción.

“¡Vayanse todos, carajo! ¡Yo me quedo y los cubro!”, gritó Oscar cuando avanzó el batallón británico tratando de tomar el Monte Dos Hermanas.

Oscar Ismael Poltronieri cuenta que en esa batalla disparó casi sin respiro. Una bala enemiga le acaba de pegar de lleno a su compañero de trinchera y lo ve caer muerto y el soldado quería matar a quienes lo hicieron.

A las ocho de la noche llega la orden de replegarse. Poltronieri sabe que no podrán hacerlo bajo fuego enemigo. Y entonces grita que se queda, que él los cubre, que si no los van a matar a todos. Se queda solo en su trinchera. Durante nueve horas mantiene inmovilizado al batallón británico. Y permite que sus compañeros se alejen del infierno. Eran las 6 de la mañana del 11 de junio de 1982.

Oscar es un hombre humilde. Se crió en el campo cerca de Mercedes en la provincia de Buenos Aires, donde su padre Ismael era puestero y su madre, María Esther Luciano -que parió diez hijos- la peleaba limpiando casas ajenas. “A las cinco de la mañana ya estábamos afuera, con helada y todo, porque había que trabajar”, cuenta. Cuando tenía diez años ya sabía carnear corderos, ordeñar vacas y montar como un jinete experto. “En Malvinas eso nos ayudó a sobrevivir: yo era el que agarraba las ovejas para que pudiéramos comer”.

“Si pasa algo, el punto de reunión es el cementerio”, le habían dicho sus superiores. Cuando se quedó sin municiones, Oscar enterró su ametralladora -“para que no se la lleve ningún inglés”- y caminó, exhausto por la dura batalla, hasta Puerto Argentino. “Vi la bandera blanca en el mástil. Empecé a llorar de bronca porque eran las tres de la tarde y muchos de nosotros seguíamos peleando y muriendo allá arriba en los montes. No sabíamos que a las 10 de la mañana ya se habían rendido”, revela emocionado. 

Lo tomaron prisionero, lo llevaron a un galpón y allí vio la cara de sorpresa de sus compañeros que lo daban dado por muerto. “Cuando llegamos al Continente nos llevaron hasta Campo de Mayo. Y después en un colectivo hasta el cuartel. Nos dijeron que no teníamos que contar nada de lo que había pasado en la guerra. Querían escondernos, olvidar la guerra”.

La otra guerra

“Nosotros no tuvimos una guerra, tuvimos dos: una en Malvinas y otra peor al regresar”, dice con amargura. Y cuenta el calvario que vivió como veterano en medio de una sociedad que solo quería olvidar la derrota.

“No nos daban trabajo. Éramos los locos de la guerra. Yo vendía calcomanías arriba de los trenes, así con mi uniforme verde. Y la gente me gritaba: ‘¡Que te las compre Galtieri!’. Nos despreciaban, no querían saber nada con nosotros. Nos daban la espalda porque habíamos perdido la guerra”.

Todas las puertas estaban cerradas. Era un héroe olvidado. Así durante tres años. Hasta que una mañana, Juan Carlos Mareco lo entrevistó en Canal 7. Conmovido por su historia, le consiguió un puesto en La Serenísima. El trabajo ayudó a que no faltara pan para su mujer y  sus cuatro hijos, pero no pudo quitarle el dolor que le provocaba la desmalvinización que lo convertía casi en un paria. “Ya a nadie le importaban nuestros muertos y menos los que nos habíamos jugado el pellejo”.

El héroe un día sintió que ya no podía pelearle más a la vida. “Pero Dios se apiadó de mí”, dice. La soga que se había atado al cuello se cortó. Su hijo mayor lo encontró tirado en el piso, llorando.

Corría 2002 y la miseria otra vez lo había alcanzado. “Decidí vender mis medallas”, cuenta. Una nueva nota periodística lo salvó: Clarín publicó la historia del héroe olvidado. El entonces presidente Eduardo Duhalde lo llamó, Mauricio Macri lo invitó a la Bombonera -“era mi sueño”-y el Ejército le dio trabajo en Campo de Mayo, que mantiene hasta hoy.

Mi enemigo, mi hermano

La primera vez que volvió a Malvinas lloró durante todo el viaje. Se arrodilló frente a la cruz que domina el cementerio de Darwin y le pidió por “mis hermanos que quedaron en esta tierra”. Fue en 2010, para la filmación del documental El Héroe del Monte Dos Hermanas -del director Rodrigo Vila-, donde su historia de coraje es la gran protagonista. “La guerra me trae muchos recuerdos y mucho dolor, pero volver a mi posición, visitar a mis compañeros que viven para siempre en las Islas, me hizo mucho bien”.

Luego de la guerra intentó suicidarse, vendió baratijas en los colectivos y trabajó de remisero. Pero, lo más importante fue que soldados y oficiales veteranos ingleses lo buscaron para expresarle su admiración y fue condecorado en Inglaterra con "La Cruz de Hierro al Valor".

-¿Qué te dejó la guerra?

-Me dejó un hermano que antes fue un enemigo.

Su “hermano” es el marine inglés Mark Curtis, al que conoció por primera vez en 1984. Quien escribe (¡una vez más el periodismo!) reunió a un veterano argentino y a un inglés por primera vez después de la guerra. Fue en París. Y no necesitaron hablar el mismo idioma para entenderse. Mark había perdido un pie pisando una mina antipersonal en la batalla de Monte Harriet. Poltro le había disparado a los comando británicos desde el Monte Dos Hermanas. Malvinas los había enfrentado en esa ley no escrita de la guerra: Matar o morir.

Les tocó en suerte una época extraña.

El planeta había sido parcelado en distintos países, cada uno provisto de lealtades, de queridas memorias, de un pasado sin duda heroico, de derechos, de agravios, de una mitología peculiar, de próceres de bronce, de aniversarios, de demagogos y de símbolos. Esa división, cara a los catógrafos, auspiciaba las guerras.

López había nacido en la ciudad junto al río inmóvil; Ward, en las afueras de la ciudad por la que caminó Father Brown. Había estudiado castellano para leer el Quijote.

El otro profesaba el amor de Conrad, que le había sido revelado en una aula de la calle Viamonte.

Hubieran sido amigos, pero se vieron una sola vez cara a cara, en unas islas demasiado famosas, y cada uno de los dos fue Caín, y cada uno, Abel.

Los enterraron juntos. La nieve y la corrupción los conocen.

El hecho que refiero pasó en un tiempo que no podemos entender.

“Juan López y John Ward”. Jorge Luis Borges en 1985 le puso poesía al horror de las batallas en el lejano sur. Oscar y Mark, un amor de hermanos que los unió para toda la vida.

En las islas Poltro lloró sin consuelo en cada una de las 230 cruces del cementerio de Darwin. “Me arrodillé delante de la Virgen. Y le hablé. Le dije que los argentinos nos habían traicionado, pero que yo no me había olvidado de mis compañeros ni nunca los a iba olvidar”.

“Hablé con mis compañeros. Con Horisberger, que cayó a mi lado y su tumba dice Soldado Argentino solo conocido por Dios. El era quien me escribía las cartas en Malvinas para mi mamá, porque yo no sabía leer ni escribir… A todos les prometí que iba a volver a Malvinas. Que iba a estar con sus padres y sus madres. Que ellos ya no estaban, pero que a sus papás nunca les iba faltar un hijo porque yo iba a estar allí para abrazarlos. Por eso, a todas las madres de Malvinas yo les digo ‘mami’”.

Corazón de héroe

En su ciudad natal una callecita cortada lleva su nombre. Y en la plaza, ahí muy cerca, tiene un monolito que recuerda su valor y coraje en las islas. Leonor, la mujer con la que comparte su vida desde hace tres años, no disimula el orgullo: “No solo es un héroe, es el hombre más generoso que conocí”.

“Un día supe que había gente que estaba sufriendo mucho más de lo que yo había sufrido. Un veterano amigo, con quien fui a dar una charla al norte del país, me llevó al Impenetrable. Y cuando vi cómo vivían y todo lo que necesitaban, me puse a llorar como loco”.

Poltro supo que ahí tenía una nueva batalla que dar. Entonces hizo lo mismo que en aquel lejano Monte Dos Hermanas: le puso el cuerpo. Consiguió un galpón en Mercedes, buscó donaciones y trabajó día y noche para recolectar alimentos no perecederos para llevarlos al Impenetrable. “Ya hice un viaje, y voy a volver las veces que haga falta. Necesito, además de comida, botas para los chicos, zapatillas, bicicletas… Esa gente no tiene nada”.

-¿Qué sentís hoy al colgar esta cruz en tu pecho?

-Que esta cruz no es solo mía: representa a todos los que quedaron allá en las islas.

-¿Qué es Malvinas para vos?

-Es un sentimiento.

Lo dice con voz casi inaudible. Y, por primera vez, Oscar Poltronieri llora.

Fuente: Infobae

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